Homilía pronunciada en la misa de «corpore insepulto», celebrada en la S. I. Catedral Primado, de Toledo, el 21 de noviembre de 1975, en sufragio del alma del Jefe de Estado, fallecido, don Francisco Franco Bahamonde, publicada en BOAT enero 1976, 20-25.
Excmo. Cabildo de la Catedral, queridos sacerdotes y alumnos del Seminario; Excmo. Sr. Gobernador Civil, representante del Gobierno español; excelentísimas autoridades civiles, militares, representaciones diversas y hermanos todos en Jesucristo:
Es notable, pero así eran nuestros sentimientos y nuestras actitudes. A ninguno se le ocurría pensar que nuestro Jefe de Estado, Francisco Franco, no tuviera que morir. Pero ninguno dejaba de tener, por no sé qué secretos motivos, la esperanza de que seguiría estando con nosotros.
Como también está ocurriendo otra cosa paradójica: lo llena todo la aflicción y la pena; y, sin embargo, en medio de este dolor inmenso que atraviesa el corazón de los españoles, es tan grande como la aflicción la esperanza.
No tiene fácil comprensión esta actitud psicológica y espiritual de todo un pueblo. Lo primero acaso se explique sencillamente, por lo hondo que había penetrado, con el calor de su presencia, en la vida nacional de España. Y lo segundo quizá encuentre explicación en el hecho de que tanta nobleza como ha demostrado en su comportamiento, no puede quedar estéril. Y a un hombre que ha sabido sacrificarse así, con tal grandeza, por la patria querida, se le puede dar el crédito de la esperanza, como si también pudiera aseguramos, después de muerto, que hemos de seguir por los caminos de paz que él abrió para España.
Cuesta siempre hablar en estas ocasiones. Hemos de dejar a un lado la emoción patriótica y humana, y que estos sentimientos cedan su lugar a las convicciones que nacen de la fe religiosa.
Estamos aquí para celebrar la Santa Misa por el eterno descanso de su alma. Elevaremos a Dios Nuestro Señor nuestras oraciones y plegarias. Y esta Catedral, con ser tan significativa y única, será uno más, entre tantos templos de España, grandes y pequeños, en donde estos días se reúnan los hijos de la patria española, para hacer lo mismo que estamos haciendo nosotros: elevar oraciones a Dios por el eterno descanso del alma de nuestro Jefe de Estado, y presentarle este homenaje póstumo; una prolongación del que con tanto respeto le hemos venido ofreciendo en vida, cuando sabíamos que, por ser la suprema autoridad de la patria, merecía nuestra obediencia y nuestro acatamiento. Ahora es nuestro hermano en la fe; y es nuestra fe la que nos llama y nos congrega para superar el dolor, y para vivir con esperanza el futuro, y para contemplar con serenidad este momento, fijándonos únicamente en este hecho triste de la muerte. Este hermano nuestro, el que fue nuestro Jefe de Estado, ya en el silencio de la muerte, pide a los españoles el único tributo que hoy podemos ofrecerle: el de nuestras oraciones.
Nuestro elogio fúnebre: dejar que él nos hable #
Evidentemente yo no trato de hacer un elogio fúnebre al estilo de los que antes se hacían. La liturgia hoy no aconseja que en estas ocasiones se hable en esos términos. Ahora bien, en un caso como éste, todo lo que se diga de una persona, es decirlo de una patria y de una nación; y por lo mismo, cuanto podamos manifestar, deja, o pierde más bien, el carácter personal; porque él, el que ha fallecido, hace mucho tiempo que había prescindido también de su persona.
No hace muchos días me lo decía su propia hija: «Mi padre la única preocupación que tenía era servir a España. Cuando me han preguntado si había algo escrito sobre dónde iba a ser enterrado, yo he dicho que él nunca se ocupó de estos problemas. La única obsesión fue su servicio a la patria». Y de tal manera ha vivido este ideal, que acaso ahí encontraremos también el motivo para esta unanimidad en los sentimientos que hoy se están produciendo. Hablan las piedras, si no hablasen tanto las lágrimas. Ese pueblo sencillo que no entiende de políticas, pequeños y adultos, hombres y mujeres, que desfilan hoy incesantemente ante su cadáver, o que se han sentido sobrecogidos estos días, a lo largo de toda la geografía española, por las noticias que les iban llegando. Los hombres de corazón limpio, libres de ideologías, solamente pensaban, y solamente piensan, en esa especie de encarnación de la patria española, que ha sido nuestro Jefe de Estado. Y al pensar así en el significado que él tiene, desde este punto de vista, ya todos los elogios estarían justificados. Pero tampoco los voy a hacer yo, hermanos míos muy queridos. Voy a dejarle hablar a él, para que, de esta manera, sus palabras dictadas o escritas con la suprema humildad del que se acerca al final de su vida, sean lo que tienen que ser; reconocimiento justo, pero involuntario, porque no lo pretendía, de la maravillosa personalidad de un hombre que de tal manera ha sabido unir los dos más grandes sentimientos: el amor a Dios y el amor a la patria.
«Al llegar para mí la hora de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante su inapelable juicio pido a Dios que me acoja benigno a su presencia, pues quise vivir y morir como católico». He aquí una frase limpia y sencilla, en la que aparece la vieja fe del cristiano español; el que piensa que al final de su vida efectivamente se encuentra con el juicio inapelable de Dios. Y lo único que sabe pedir en ese instante es que Dios le acoja benigno; una súplica a la misericordia de Dios en el cual cree, y con una confesión tan limpia como ésta: «Quise vivir como católico». A mí me recuerda aquellos últimos momentos de la agonía de don Juan de Austria, en tierras de Flandes, cuando nos dicen los historiadores que, en los últimos minutos de su vida, solamente decía aquel guerrero de la historia: «Jesús, Jesús, María, Virgen María, Jesús». Y diciendo estas palabras, añade el cronista, su alma, como una paloma, voló hacia el cielo.
«En el nombre de Cristo me honro, y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia, en cuyo seno voy a morir». Nada de retórica; confesión noble, absoluta sinceridad, pero vindicación de un honor supremo: el Nombre de Cristo; en Él es en el que se honra: «Y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia», frase que nos recuerda alguna muy semejante de Santa Teresa de Jesús. No en vano la mano de Santo Teresa ha estado en la mesa del Caudillo de España durante todos estos años. «Ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia, en cuyo seno voy a morir». Y cuando se proclama así esta voluntad, y los hechos dan testimonios de la sinceridad de la misma, sobra todo análisis. Cualquier hombre que, a esta hora última, examine su conciencia, sea cual sea su estado y condición, ya podrá contentarse si puede decir, con justicia, esto: que ha sido su voluntad constante «ser hijo fiel de la Iglesia». La medida en que lo logremos unos y otros, eclesiásticos y civiles, autoridades y súbditos, siempre estará condicionada por nuestras deficiencias y nuestros fallos humanos. Pero ¡ojalá a cualquiera de nosotros, a la hora de morir, se le pudieran sugerir estas palabras, y pudieran ser dichas con esta sinceridad con que las dice él!
Y en seguida la frase cristiana y generosa, propia del hombre magnánimo: «Pido perdón a todos, como de todo corazón perdono a cuantos se declararon mis enemigos, sin que yo los tuviera por tales». ¡Espléndida expresión que revela todo el drama de un hombre que, sin quererlo, parece que ha tenido como destino único el de luchar hasta el final! Y el que lucha, en virtud de no sé qué destino que tiene que acompañarle, se encuentra en el camino con algunos que se declaran o son enemigos. Él no los ha considerado como tales. Le llamaron a la lucha, y tuvo que salir en defensa de la patria amenazada tantas y tantas veces. ¿Qué podría pensar aquel joven cadete, que acaso por los claustros de esta Catedral de Toledo, dentro de estas naves, en aquella juventud primera de los catorce a los diecisiete años, entrara por aquí más de una vez, a vueltas con su destino incierto todavía, pero que muy pronto habría de señalársele cuando en seguida saliera camino de África? Es posible que en alguna ocasión aquel joven cadete, en un visita oculta y silenciosa a la Virgen del Sagrario de esta Catedral de Toledo, sin pensar en nada de lo que iba a ser el signo de su vida, la ofreciera ya entonces en una actitud religiosa que encubría todos sus comportamientos patrióticos al servicio de España. «Creo y deseo no haber tenido otros –otros enemigos– que aquellos que lo fueron de España, a la que amo hasta el último momento, y a la que prometí servir hasta el último aliento de mi vida, que ya sé próximo».
Y ahora aparece esa estela brillante de la generosidad del hombre agradecido. ¿A quiénes? «Quiero agradecer a cuantos han colaborado con entusiasmo, entrega y abnegación, en la gran empresa de hacer una España unida, grande y libre. Por el amor que siento por nuestra patria, os pido que perseveréis en la unidad y la paz, y que rodeéis al futuro rey de España, don Juan Carlos de Borbón, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado, y le prestéis, en todo momento, el mismo apoyo de colaboración que de vosotros he tenido». Es la palabra de un padre más que la de un jefe, lleno de agradecimiento a todos, que busca para el que le ha de suceder la protección de esa compañía y de esa asistencia que nace del respeto y la adhesión, no a una persona, sino a los valores que encarna como representante supremo de la patria. Y esto es también, queridos hijos, una virtud religiosa. El perfeccionamiento de un Estado, de un pueblo, de un sistema político, son exigencias insoslayables de todo el que quiera marchar al compás de lo que la civilización pide a los hombres.
Ahora bien, ese anhelo de perfeccionamiento, esa exigencia que nace del interior mismo de la propia sociedad a la que los hombres pertenecemos, no nos exime, en ningún momento, de respetar a quien encarna la legítima autoridad, y de ofrecer una colaboración noble y leal, en el sentido en que los hombres debemos prestarla, sin merma ni abdicación de las facultades que nos corresponden y en el ejercicio de las responsabilidades comunes. Todo puede conciliarse. Y este período de casi cuarenta años en la historia de España nos lo demuestra.
A lo largo de este tiempo han ido cambiando muchas cosas; y las exigencias de hoy, en el orden de la convivencia civil, no son ni están sujetas a las restricciones explicables que se producían ayer. Salimos de una guerra muy difícil; hemos vivido hostilizados por tantas campañas de orden internacional, en medio de dificultades sin cuento. Poco a poco, el país ha ido abriéndose hacia un futuro en el que nunca se puede ver el límite exacto de qué es lo que piden la libertad, el respeto y la obediencia. Eso no se marca matemáticamente; eso se demuestra con hechos, con la conducta, inspirados por la responsabilidad y el amor en la convivencia social. Este proceso ininterrumpido de perfeccionamiento sin duda tiene que continuar; pero no podrá hacerse si fallan estos goznes fundamentales: el respeto, la adhesión a la autoridad, y el caminar juntos, buscando metas cada vez más grandes en orden a la convivencia civil.
Estas son las preocupaciones de un padre de la patria a la hora de morir, y se las deja a sus hijos, y les pide que mantengan la unidad, sin merma de esa rica multiplicidad de las regiones de España. Y, en su último momento, quiere unir los nombres de Dios y de España y abrazar a todos para gritar juntos, por última vez, en los umbrales de la muerte, los gritos del amor a la patria que tantas veces salieron de sus labios y resonaron por todos los caminos de España.
Conclusión #
Referirnos a esto, leer sus palabras, meditarlas como cristianos y como españoles, no es romper con lo que la liturgia nos señala en orden a hacer hoy una homilía. No son elogios fúnebres. Es sencillamente dejar que corra, desde el altar de esta Catedral hasta vosotros, ese arroyo cristalino de los sentimientos de un alma noble. Debemos recordarlo siempre; y que el tributo de nuestra oración que hoy le ofrecemos y que seguiremos ofreciéndole siga más adelante cada día, recordándole a él ante el Señor; y recordándonos unos a otros, los españoles todos, los grandes amores que deben unirnos.
Vosotros, hijos de esta ciudad inmortal, los que tenéis ese símbolo, el Alcázar de Toledo, a cuyas minas llegó un día memorable, para escuchar aquellas palabras, también inmortales, del heroico defensor de la fortaleza: «¡Sin novedad en el Alcázar!» Vosotros, hijos de España y de Toledo, seguid adelante como cristianos, como españoles buenos, queriendo abrazar a todos también, buscando siempre paz, no divisiones, procurando, cada vez más, lo que él nos pide: extender la justicia social, la cultura, la hermandad, la paz, para que también, en cualquier momento en que Dios nos llame a juicio, podamos presentarnos con una inmensa humildad ante el Altísimo, y decirlo algo parecido a las palabras que el Caudillo escuchó en Toledo: ¡Señor, sin novedad en mi vida y en mi muerte! ¡Aquí estoy a tu servicio!