{"id":822,"date":"2024-09-23T22:17:00","date_gmt":"2024-09-23T20:17:00","guid":{"rendered":"https:\/\/www.cardenaldonmarcelo.es\/?post_type=docs&#038;p=822"},"modified":"2024-09-23T22:17:00","modified_gmt":"2024-09-23T20:17:00","password":"","slug":"la-fe-conocida-vivida-y-amada","status":"publish","type":"docs","link":"https:\/\/www.cardenaldonmarcelo.es\/index.php\/docs\/la-fe-conocida-vivida-y-amada\/","title":{"rendered":"La fe, conocida, vivida y amada"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"has-text-align-center has-small-font-size\">Carta pastoral, publicada el 24 de septiembre de 1967, festividad de la Sant\u00edsima Virgen de la Merced, Patrona de Barcelona. Texto publicado en el <em>Bolet\u00edn Oficial del Arzobispado de Barcelona,<\/em> 15 de octubre de 1967, 573-601.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Los obispos son los pregoneros de la fe (LG 25)<\/h3>\n\n\n\n<p>Amados diocesanos: Aquel conjuro de San Pablo a Timoteo: <em>Predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, ense\u00f1a, exhorta con toda longanimidad y doctrina<\/em> (2Tim 4, 2), resuena cada instante sobre mi esp\u00edritu como una de las principales obligaciones de las que un d\u00eda tendr\u00e9 que dar cuenta al <em>pastor y obispo de nuestras almas <\/em>(1P 2, 25), al <em>pr\u00edncipe de los pastores<\/em> (1P 5, 4), Cristo Jes\u00fas. Deber \u00e9ste que, impuesto por el divino Maestro a los Ap\u00f3stoles y a sus sucesores (cf. Mt 28, 19-20; Mc 16, 15), ha vuelto a ser recordado una vez m\u00e1s por el Concilio Vaticano II, al establecer que \u201centre los principales oficios de los obispos se destaca la predicaci\u00f3n del Evangelio\u201d (LG 25).<\/p>\n\n\n\n<p>Tanto m\u00e1s cuanto que tambi\u00e9n hoy, aqu\u00ed y all\u00e1, tienen alguna vigencia aquellas palabras que San Pablo a\u00f1ade al texto anteriormente citado: <em>Pues vendr\u00e1 un tiempo en que no sufrir\u00e1n la sana doctrina; antes, deseosos de novedades, se amontonar\u00e1n maestros conforme a sus pasiones<\/em> (2Tm 4, 3). Por lo que todo obispo debe aplicarse a s\u00ed mismo aquel otro encarecido ruego que, en el mismo lugar, vuelve a remarcar San Pablo: <em>Pero t\u00fa vela en todo, soporta los trabajos, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio<\/em> (Ib\u00edd. 5).<\/p>\n\n\n\n<p>Todo lo cual queda ampliamente proclamado por el Concilio Vaticano II, cuando dice: \u201cPorque los obispos son los pregoneros de la fe que ganan nuevos disc\u00edpulos para Cristo y son los maestros aut\u00e9nticos, es decir, herederos de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de creerse y ha de aplicarse a la vida, la ilustran con la luz del Esp\u00edritu Santo, extrayendo del tesoro de la Revelaci\u00f3n las cosas nuevas y las cosas viejas (cf. Mt 13, 52), la hacen fructificar y con vigilancia apartan de la grey los errores que la amenazan (cf. 2Tm 4, 1-4)\u201d (LG 25).<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><a><\/a>Contribuci\u00f3n al \u201cA\u00f1o de la Fe\u2019\u2019<\/h3>\n\n\n\n<p>La oportunidad de ponerme en comunicaci\u00f3n con vosotros me la ofrece en esta ocasi\u00f3n el hecho de estar celebr\u00e1ndose en la Iglesia Cat\u00f3lica el \u201cA\u00f1o de la Fe\u201d. Ha sido el Sumo Pont\u00edfice, como bien sab\u00e9is, quien, con motivo de la presente conmemoraci\u00f3n centenaria del martirio de San Pedro y de San Pablo, ha dispuesto que el a\u00f1o que va del 29 de junio del 67 al 29 de junio del 68, sea el \u201cA\u00f1o de la Fe\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>El Papa nos exhorta a todos los obispos del mundo a que, unidos espiritualmente a \u00e9l en nuestras respectivas jurisdicciones, procuremos celebrar piadosamente dicho centenario bajo la consigna que \u00e9l mismo nos se\u00f1ala: \u201cNuestra petici\u00f3n \u2013dice el Papa\u2013 es sencilla y grande: Nos os rogamos, a todos, hermanos e hijos nuestros, que quer\u00e1is celebrar la memoria de los santos Ap\u00f3stoles Pedro y Pablo, testigos con la palabra y con la sangre de la fe de Cristo, con una aut\u00e9ntica y sincera profesi\u00f3n de la misma fe, como la Iglesia, por ellos fundada e ilustrada, la ha recogido celosamente y aut\u00e9nticamente la ha formulado\u201d<a href=\"#sdfootnote1sym\" id=\"sdfootnote1anc\"><sup>1<\/sup><\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p>Y a\u00f1ade el Papa: \u201c\u00bfQu\u00e9 mejor tributo de recuerdo, de honor y de comuni\u00f3n podr\u00edamos ofrecer a Pedro y Pablo que el de aquella misma fe que de ellos hemos heredado?\u201d<a href=\"#sdfootnote2sym\" id=\"sdfootnote2anc\"><sup>2<\/sup><\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p>Y al sugerir m\u00e1s en detalle los modos concretos de celebrar esta conmemoraci\u00f3n centenaria, Pablo VI comienza su enumeraci\u00f3n exhortando a los obispos a que, con la palabra, queramos ilustrar dicha iniciativa pontificia. Por eso, al inaugurarse el pasado junio el \u201cA\u00f1o de la Fe\u201d, los obispos espa\u00f1oles, atendiendo a las principales necesidades de nuestro pa\u00eds, dirigimos a la naci\u00f3n una exhortaci\u00f3n colectiva, que la prensa ha tenido a bien divulgar.<\/p>\n\n\n\n<p>A su vez, el presente escrito no quiere ser otra cosa que una respuesta a nivel diocesano a este mismo ruego del Papa, para promover as\u00ed el bien espiritual de nuestros muy amados hijos en el Se\u00f1or.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\">Dios nos ha hablado (cf. Hb 1,1)<\/h2>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><a><\/a>La b\u00fasqueda de Dios y sus obst\u00e1culos<\/h3>\n\n\n\n<p>No hay af\u00e1n humano tan digno de respeto como el de la b\u00fasqueda de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p>A lo largo de la historia y a lo ancho del mundo, el hombre, en multiplicidad de estilos y maneras, no ha cesado nunca de orientarse hacia alguna forma de divinidad. \u201cYa desde la antig\u00fcedad \u2013afirma el Concilio Vaticano II\u2013 se encuentra en los diversos pueblos una cierta percepci\u00f3n de aquella fuerza misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana, y a veces tambi\u00e9n el conocimiento de la suma Divinidad e incluso del Padre\u201d (NA 2). Y es que \u201cDios, creando y conservando el universo por su Palabra (cf. Jn 1, 3), ofrece a los hombres en la creaci\u00f3n un testimonio perenne de s\u00ed mismo (cf. Rm 1, 19-20)\u201d (DV 3). <em>Pues de la grandeza y hermosura de las criaturas, por razonamiento se llega a conocer al Hacedor de \u00e9stas<\/em> (Sb 13, 5).<\/p>\n\n\n\n<p>Con todo, hay que decir con P\u00edo XII que \u201cmuchos son los obst\u00e1culos que se oponen a que la raz\u00f3n use eficaz y fructuosamente de esta su nativa facultad. En efecto, las verdades que a Dios se refieren y ata\u00f1en a las relaciones que median entre Dios y el hombre, trascienden totalmente el orden de las cosas sensibles y, cuando se llevan a la pr\u00e1ctica de la vida e informan a \u00e9sta, exigen la entrega y abnegaci\u00f3n de s\u00ed mismo. Ahora bien, el entendimiento humano halla dificultad en la adquisici\u00f3n de tales verdades, ora por el impulso de los sentidos y de la imaginaci\u00f3n, ora por las desordenadas concupiscencias nacidas del pecado original. De lo que resulta que los hombres se persuaden con gusto ser falso o, por lo menos, dudoso lo que no querr\u00edan fuera verdadero\u201d<a href=\"#sdfootnote3sym\" id=\"sdfootnote3anc\"><sup>3<\/sup><\/a>.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><a><\/a>El don de la divina revelaci\u00f3n<\/h3>\n\n\n\n<p>Por todo lo cual, la divina revelaci\u00f3n, que no es de suyo indispensable para llegar al conocimiento de aquellas verdades divinas que est\u00e1n al alcance de la inteligencia del hombre, es, sin embargo, moralmente necesaria para que las mismas \u201cpuedan ser conocidas por todos, aun en la condici\u00f3n presente del g\u00e9nero humano, de modo f\u00e1cil, con firme certeza y sin mezcla de error alguno\u201d (DV 6)<a href=\"#sdfootnote4sym\" id=\"sdfootnote4anc\"><sup>4<\/sup><\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p>Y si nos referimos al conocimiento del \u201cmisterio de la voluntad de Dios (cf. Ef 1, 9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Palabra encarnada, tienen acceso al Padre en el Esp\u00edritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (cf. Ef 2, 18; 2P 1, 4)\u201d (DV 2), entonces hay que afirmar que la divina revelaci\u00f3n es absolutamente necesaria, pues se trata de \u201cbienes divinos, que superan totalmente la inteligencia del hombre\u201d (DV 6).<\/p>\n\n\n\n<p>Por eso, el beneficio m\u00e1s grande que Dios ha concedido a la mente humana en este mundo es el de la divina revelaci\u00f3n. Porque Dios ha hablado a los hombres: \u201cPlugo a Dios en su bondad y sabidur\u00eda revelarse a s\u00ed mismo y manifestar el misterio de su voluntad\u201d (DV 2). Hecho \u00e9ste que alcanza su culminaci\u00f3n con la presencia de Cristo entre nosotros: <em>Muchas veces y en muchas maneras habl\u00f3 Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; \u00faltimamente, en estos d\u00edas, nos habl\u00f3 por su Hijo<\/em> (Hb 1, 1).<\/p>\n\n\n\n<p>Podemos decir, pues, que la divina revelaci\u00f3n es la gran noticia, el gran acontecimiento de la historia: <em>El pueblo que andaba en tinieblas, vio una luz grande; sobre los que habitaban en la tierra de las sombras de la muerte, resplandeci\u00f3 una brillante luz<\/em> (Is 9, 2). Palabras mesi\u00e1nicas que San Mateo aplica a Jesucristo en el momento de iniciar su predicaci\u00f3n por Galilea (cf. Mt 4, 16).<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><a><\/a>La palabra de Dios: su dep\u00f3sito e int\u00e9rprete<\/h3>\n\n\n\n<p>Pero, \u00bfd\u00f3nde encontraremos la palabra de Dios? \u00bfA qui\u00e9n se le ha concedido la responsabilidad de su custodia? La respuesta es de todos conocida: \u201cLa Sagrada Tradici\u00f3n y la Sagrada Escritura constituyen el \u00fanico dep\u00f3sito de la palabra de Dios, el cual ha sido confiado a la Iglesia\u201d (DV 10).<\/p>\n\n\n\n<p>Y, \u00bfqu\u00e9 es la Sagrada Escritura, cu\u00e1l es el cometido de la Sagrada Tradici\u00f3n? Nos lo vuelve a precisar el mismo Concilio Vaticano II: \u201cLa Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto escrita por inspiraci\u00f3n del Esp\u00edritu Santo; y la Sagrada Tradici\u00f3n transmite \u00edntegramente a los sucesores de los Ap\u00f3stoles la palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Se\u00f1or y por el Esp\u00edritu Santo para que, con la luz del Esp\u00edritu de verdad, la guarden fielmente, la expongan y la difundan con su predicaci\u00f3n\u201d (DV 9).<\/p>\n\n\n\n<p>Por \u00faltimo, \u00bfa qui\u00e9n se le ha concedido la misi\u00f3n privilegiada de interpretar aut\u00e9nticamente la palabra de Dios? \u201cEl oficio de interpretar aut\u00e9nticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido encomendado \u00fanicamente al Magisterio de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en nombre de Jesucristo\u201d (DV 10).<\/p>\n\n\n\n<p>Por lo mismo, debemos concluir con el Concilio Vaticano II: \u201cEs evidente, por tanto, que la Sagrada Tradici\u00f3n, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, seg\u00fan el designio sapient\u00edsimo de Dios, est\u00e1n entrelazados y unidos de tal forma que no tienen consistencia el uno sin los otros, y que juntos, cada uno a su modo, bajo la acci\u00f3n del Esp\u00edritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvaci\u00f3n de las almas\u201d (DV 10).<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\">La obediencia de la fe (Rm 16, 26)<\/h2>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">La fe, asentimiento a la palabra de Dios<\/h3>\n\n\n\n<p>Desde que \u201cDios, por su infinita bondad, orden\u00f3 al hombre a un fin sobrenatural; es decir, a participar bienes divinos que sobrepujan totalmente la inteligencia de la mente humana, pues a la verdad <em>ni el ojo vio, ni el o\u00eddo oy\u00f3, ni ha probado el coraz\u00f3n del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman<\/em> (1Cor 2, 9)\u201d<a href=\"#sdfootnote5sym\" id=\"sdfootnote5anc\"><sup>5<\/sup><\/a>, el comienzo de este camino de salvaci\u00f3n que termina en la gloria, se encuentra en la fe: \u201cPorque la fe es el principio de la humana salvaci\u00f3n, el fundamento y ra\u00edz de toda justificaci\u00f3n, <em>sin la cual es imposible agradar a Dios<\/em> (Hb 11,6) y llegar al consorcio de sus hijos\u201d<a href=\"#sdfootnote6sym\" id=\"sdfootnote6anc\"><sup>6<\/sup><\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora bien, \u201cesta fe que es el principio de la humana salvaci\u00f3n, la Iglesia Cat\u00f3lica profesa que es una virtud sobrenatural por la que, con inspiraci\u00f3n y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por \u00c9l ha sido revelado, no por la intr\u00ednseca verdad de las cosas, percibida por la luz natural de la raz\u00f3n, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede enga\u00f1arse ni enga\u00f1arnos\u201d<a href=\"#sdfootnote7sym\" id=\"sdfootnote7anc\"><sup>7<\/sup><\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p>Por su parte, el Concilio Vaticano II resumir\u00e1 y matizar\u00e1 diciendo: \u00abCuando Dios revela hay que prestarle <em>la obediencia de la fe <\/em>(Rm 16, 26; cf. Rm 1, 5; 2Cor 10, 5-6), por la que el hombre se conf\u00eda libre y totalmente a Dios, ofreciendo \u201ca Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad\u201d, y asintiendo voluntariamente a la revelaci\u00f3n hecha por \u00c9l\u00bb (DV 5).<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">La fe, reconocimiento de Cristo, Palabra encarnada<\/h3>\n\n\n\n<p>La fe es un asentimiento a la palabra de Dios, un asentimiento a la divina revelaci\u00f3n. Ahora bien, la divina revelaci\u00f3n se centra y resume en Aquel que \u201ces a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelaci\u00f3n\u201d (DV 2), Jesucristo, Palabra eterna del Padre hecha hombre. En efecto, \u201cel fin principal de la econom\u00eda antigua era preparar la venida de Cristo, anunciarla prof\u00e9ticamente, representarla con diversas im\u00e1genes\u201d (DV 15). Y, al llegar la plenitud de los tiempos (cf. Gal 4, 4), es Cristo quien \u201ccon su presencia y manifestaci\u00f3n, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrecci\u00f3n, con el env\u00edo del Esp\u00edritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelaci\u00f3n y la confirma con testimonio divino\u201d (DV 4).<\/p>\n\n\n\n<p>Asentir a la divina revelaci\u00f3n, por tanto, es lo mismo que asentir a Cristo. Creer es rendirse ante Cristo. Tener fe es reconocer a Cristo.<\/p>\n\n\n\n<p>La fe, aquella fe que nos abre las puertas del camino que nos lleva al cielo, es la fe en Jesucristo. \u00c9l mismo nos dice:<em>A la manera que Mois\u00e9s levant\u00f3 la serpiente en el desierto, as\u00ed es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que creyere en \u00c9l tenga la vida eterna. Porque tanto am\u00f3 Dios al mundo que le dio su Unig\u00e9nito Hijo, para que todo el que crea en \u00c9l no perezca, sino que tenga la vida eterna <\/em>(Jn 3, 14-16).Y, en su discurso ante el Sanedr\u00edn, Pedro confesar\u00e1:<em>En ning\u00fan otro hay salud, pues ning\u00fan otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos<\/em>(Hch 4, 12).Y San Pablo, citando al profeta Isa\u00edas(cf. Is 28, 16),proclama:<em>El que creyere en \u00c9l no ser\u00e1 confundido<\/em>(Rm 9, 33).<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><a><\/a>Los testigos de la fe, en el Antiguo Testamento<\/h3>\n\n\n\n<p>Seg\u00fan el Concilio de Trento, \u201cla fe es el principio de la humana salvaci\u00f3n, el fundamento y ra\u00edz de toda justificaci\u00f3n\u201d<a href=\"#sdfootnote8sym\" id=\"sdfootnote8anc\"><sup>8<\/sup><\/a>. Ahora bien, como hemos visto ya, el objeto de esta fe se centra en Jesucristo: <em>Todo el que creyere en \u00c9l ser\u00e1 justificado<\/em> (Hch 13, 39). Por lo mismo, la fe en Jesucristo es el principio de toda justificaci\u00f3n. Lo que debe extenderse tanto al Antiguo como al Nuevo Testamento, con una sola diferencia: que, en el Antiguo, el objeto de la fe eran las divinas promesas referidas todas ellas al Mes\u00edas que hab\u00eda de venir; y, en el Nuevo, el objeto de la fe es Jesucristo, presente ya entre nosotros.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando la Carta a los Hebreos enumera los testigos de la fe, <em>la nube de testigos, que nos envuelve<\/em> (Hb 12, 1), el autor sagrado se complace en describir la fe de los patriarcas, jueces, reyes, profetas y justos del Antiguo Testamento (Hb 11, 4-40), quienes <em>por ella adquirieron gran nombre<\/em> y <em>en la fe murieron todos sin recibir las promesas, pero vi\u00e9ndolas de lejos y salud\u00e1ndolas<\/em> <em>(Ib\u00edd.<\/em> 2 y 13). Y termina su exposici\u00f3n exhort\u00e1ndonos a que <em>por la paciencia corramos al combate que se <\/em><em>nos ofrece, puestos los ojos en el autor y consumador de la fe, Jes\u00fas<\/em> (Hb 12, 1-2).<\/p>\n\n\n\n<p>En esta detallada exposici\u00f3n, sobresale la figura del Padre de los creyentes, Abraham, de quien se afirma: <em>Por la fe, Abraham, al ser llamado, obedeci\u00f3 y sali\u00f3 hacia la tierra que hab\u00eda de recibir en herencia, pero sin saber d\u00f3nde iba. Por la fe mor\u00f3 en la tierra de sus promesas como en tierra extra\u00f1a, habitando en tiendas, lo mismo que Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa. Porque esperaba \u00e9l ciudad asentada sobre firmes cimientos, cuyo arquitecto y constructor ser\u00eda Dios <\/em>(Hb 11, 8-10).<\/p>\n\n\n\n<p>Y, despu\u00e9s de referirse a la fe por la que el anciano Abraham cree que Dios le dar\u00e1 descendencia de su anciana esposa Sara, sigue afirmando el autor m\u00e1s adelante: <em>Por la fe ofreci\u00f3 Abraham a Isaac cuando fue puesto a prueba, y ofreci\u00f3 a su unig\u00e9nito, el que hab\u00eda recibido las promesas, y de quien se hab\u00eda dicho: \u201cPor Isaac tendr\u00e1s tu descendencia\u201d, pensando que hasta de entre los muertos podr\u00eda Dios resucitarle, y as\u00ed le recuper\u00f3 en el instante del peligro<\/em> (Hb 11, 17-19).<\/p>\n\n\n\n<p>Y de Mois\u00e9s se dice:<em>Por la fe, Mois\u00e9s, reci\u00e9n nacido, fue ocultado durante tres meses por sus padres, que, viendo al ni\u00f1o tan hermoso, no se dejaron amedrentar por el decreto del rey. Por la fe, Mois\u00e9s, llegado ya a la madurez, rehus\u00f3 ser llamado hijo de la hija del Fara\u00f3n, prefiriendo ser afligido con el pueblo de Dios a disfrutar de las ventajas pasajeras del pecado, teniendo por mayor riqueza que los tesoros de Egipto los vituperios de Cristo, porque pon\u00eda los ojos en la remuneraci\u00f3n. Por la fe abandon\u00f3 el Egipto sin miedo a las iras del rey, pues, como si viera al Invisible, persever\u00f3 firme en su prop\u00f3sito. Por la fe celebr\u00f3 la Pascua y la aspersi\u00f3n de la sangre, para que el exterminador no tocase a los primog\u00e9nitos de Israel<\/em>(Hb 11, 23-28).<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><a><\/a>Los testigos de la fe, en el Nuevo Testamento<\/h3>\n\n\n\n<p>Y si ahora pasamos al Nuevo Testamento, veremos multiplicarse la raza de los creyentes: personas piadosas, como Isabel, el anciano Sime\u00f3n y Ana la profetisa; diversas clases sociales, como los pastores, los Magos y los publicanos; gentes del pueblo, como la mujer hemorro\u00edsa, los amigos del paral\u00edtico y las muchedumbres; hombres constituidos en autoridad, como Jairo, el cortesano, y el centuri\u00f3n; enfermos del cuerpo, como el ciego de Jeric\u00f3, el ciego de nacimiento y el leproso samaritano; enfermos del alma, como la mujer pecadora, la samaritana y el buen ladr\u00f3n; en fin, Juan el Bautista, los Ap\u00f3stoles, Jos\u00e9. Y sobre todos ellos, la <em>llena de gracia,<\/em> la <em>bendita entre todas las mujeres,<\/em> la Madre de Jes\u00fas. Ella, con su permanente <em>he aqu\u00ed la sierva del Se\u00f1or; h\u00e1gase en m\u00ed seg\u00fan tu palabra<\/em> (Lc 1, 38), se sit\u00faa en cabeza de la gran caravana de los creyentes, hasta el punto que todos debemos decir con Isabel:<em>Dichosa la que ha cre\u00eddo que se cumplir\u00e1 lo que se la ha dicho de parte del Se\u00f1or<\/em> (Lc 1, 45).<\/p>\n\n\n\n<p>Bien podemos decir con el Salmista que <em>\u00e9sa es la raza de los que le buscan, de los que buscan el rostro del Dios de Jacob<\/em> (Sal 23, 6). Raza de creyentes que se ir\u00e1 multiplicando a trav\u00e9s de la historia, seg\u00fan la promesa de Dios a Abraham: <em>Mira al cielo, y cuenta, si puedes, las estrellas; as\u00ed de numerosa ser\u00e1 tu descendencia<\/em> (Gn 15, 5). Y todo esto se realizar\u00e1 por medio de los Ap\u00f3stoles y sus sucesores, seg\u00fan la promesa de Cristo: <em>Recibir\u00e9is la virtud del Esp\u00edritu Santo, que descender\u00e1 sobre vosotros, y ser\u00e9is mis testigos en Jerusal\u00e9n, en toda Judea, en Samaria y hasta los extremos de la tierra<\/em> (Hch 1, 8). Por eso, el mismo d\u00eda de Pentecost\u00e9s son ya unos tres mil los que se rinden ante la predicaci\u00f3n de Pedro (cf. Hch 2, 41). Y desde entonces la Iglesia se ir\u00e1 extendiendo por el mundo, multiplic\u00e1ndose los hijos de la fe como las estrellas del cielo y las arenas del mar (cf. Gn 22, 16-19).<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><a><\/a>La incredulidad de muchos<\/h3>\n\n\n\n<p>Junto a los hijos de la fe, la historia nos muestra a los de la incredulidad. Este fue el repetido pecado de los israelitas. As\u00ed, en su peregrinaci\u00f3n por el desierto, Israel, llevado de su incredulidad, murmura contra Mois\u00e9s y Aar\u00f3n, lo que de hecho es una murmuraci\u00f3n contra la bondad y poder de Dios, que son puestos en duda: <em>Dios ha o\u00eddo vuestras murmuraciones, que van contra \u00c9l<\/em> \u2013dir\u00e1 Mois\u00e9s\u2013 <em>porque nosotros, \u00bfqu\u00e9 somos para que murmur\u00e9is contra nosotros?<\/em> (Ex 16, 7).<\/p>\n\n\n\n<p>Y mientras Mois\u00e9s \u2013que <em>por la fe abandon\u00f3 Egipto<\/em> (Hb 11, 27)\u2013 se encontraba hablando con Dios en el monte Sina\u00ed, el pueblo, viendo que tardaba en bajar, se re\u00fane en torno de Aar\u00f3n, construye un becerro de oro, al que adora, y se entrega luego a la comida, a la bebida y a la danza (cf. Ex 32). Con lo que los hebreos, haci\u00e9ndose a su gusto y medida la imagen de Dios, pretenden dominar a Aqu\u00e9l, a quien no se quieren someter.<\/p>\n\n\n\n<p>El autor de la Carta a los Hebreos dejar\u00e1 escrito:<em>Seg\u00fan dice el Esp\u00edritu Santo: si oyereis su voz hoy, no endurezc\u00e1is vuestro coraz\u00f3n como en la rebeli\u00f3n, como el d\u00eda de la tentaci\u00f3n en el desierto, donde vuestros padres me tentaron y me pusieron a prueba, y vieron mis obras durante cuarenta a\u00f1os; por lo cual me irrit\u00e9 contra esta generaci\u00f3n, y dije: andan siempre extraviados en su coraz\u00f3n y no conocen mis caminos, y as\u00ed jur\u00e9 en mi c\u00f3lera que no entrar\u00edan en mi descanso<\/em>(Hb 3, 7-11).<\/p>\n\n\n\n<p>Y a\u00f1ade m\u00e1s adelante el autor sagrado:<em>\u00bfQui\u00e9nes, en efecto, se rebelaron despu\u00e9s de haber o\u00eddo? \u00bfNo fueron todos los que salieron de Egipto bajo la gu\u00eda de Mois\u00e9s? \u00bfY contra qui\u00e9nes se irrit\u00f3 por espacio de cuarenta a\u00f1os? \u00bfNo fue contra los que pecaron, cuyos cad\u00e1veres cayeron en el desierto? \u00bfYa qui\u00e9nes sino a los desobedientes jur\u00f3 que no entrar\u00edan en el descanso? En efecto, vemos que no pudieron entrar por su incredulidad. Temamos, pues, no sea que, perdurando a\u00fan la promesa de entrar en su descanso, alguno de vosotros no acuda a ella. Porque, igual que a ellos, se dirige tambi\u00e9n a nosotros este mensaje; y no les aprovech\u00f3 a aquellos haber o\u00eddo la palabra, por cuanto la oyeron sin fe los que la escucharon<\/em>(Hb 3, 16-19 y 4, 1-2).<\/p>\n\n\n\n<p>Por todo lo cual se nos exhorta: <em>Mirad, hermanos, que no haya entre vosotros un coraz\u00f3n malo e incr\u00e9dulo, que se aparte del Dios vivo; antes exhortaos mutuamente cada d\u00eda, mientras perdura el \u201choy\u201d, a fin de que ninguno de vosotros se endurezca con el enga\u00f1o del pecado. Porque hemos sido hechos participantes de Cristo en el supuesto de que hasta el fin conservemos la firme confianza del principio; mientras se dice: si hoy oyereis su voz, no endurezc\u00e1is vuestro coraz\u00f3n como en la rebeli\u00f3n<\/em>(Hb 3, 12-15).<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><a><\/a>Los suyos no le recibieron (Jn 1, 11)<\/h3>\n\n\n\n<p>El pecado de <strong>incredulidad<\/strong> reaparecer\u00e1 cuando los hebreos se encuentren en la tierra de promisi\u00f3n. Y \u00e9ste ser\u00e1, a su vez, el mayor pecado que cometer\u00e1n algunos jud\u00edos al advenimiento del Mes\u00edas. Dice el Concilio Vaticano II: \u201cComo afirma la Sagrada Escritura, Jerusal\u00e9n no conoci\u00f3 el tiempo de su visita, gran parte de los jud\u00edos no aceptaron el Evangelio, e incluso no pocos se opusieron a su difusi\u00f3n\u201d (NA 4).<\/p>\n\n\n\n<p>Jes\u00fas afirm\u00f3 de S\u00ed mismo que \u00c9l era la luz del mundo:<em>Yo soy la luz del mundo<\/em>(Jn 8, 12).Y orden\u00f3:<em>Creed en la luz, para ser hijos de la luz<\/em>(Jn 12, 36).Sin embargo, muchos de los jud\u00edos no creyeron en \u00c9l. Triste postura \u00e9sta, que recalcar\u00e1 San Juan<em>: <\/em><em>La <\/em><em>luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas no la abrazaron<\/em>(Jn 1, 5).<em>Por \u00c9l fue hecho el mundo, pero el mundo no le conoci\u00f3. Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron<\/em> (Ib\u00edd. 10-11).<em>Vino la luz al mundo, y los hombres amaron m\u00e1s las tinieblas que la luz<\/em>(Ib\u00edd. 3, 19).<\/p>\n\n\n\n<p>Esta incredulidad tomar\u00e1 muchas veces, como en el desierto, forma de murmuraci\u00f3n: <em>Murmuraban de \u00c9l los jud\u00edos<\/em> (Jn 6, 41), nos repetir\u00e1 el Evangelio; y Jes\u00fas reprender\u00e1: <em>No murmur\u00e9is entre vosotros <\/em>(Ib\u00edd. 43). Otras veces se convertir\u00e1 en subjetivo monopolio de sabidur\u00eda: <em>\u00a1Ay de vosotros, doctores de la Ley, que os hab\u00e9is apoderado de la llave de la ciencia; y ni entr\u00e1is vosotros ni dej\u00e1is entrar!<\/em> (Lc 11, 52). Otras veces seguir\u00e1 los caminos de la intriga y la asechanza, como cuando los escribas y los pr\u00edncipes de los sacerdotes le esp\u00edan para cogerle en algo, <em>ut caperent Eum in sermone<\/em> (Lc 20, 20), y le tienten sobre la peligrosa cuesti\u00f3n de si es l\u00edcito pagar tributo al C\u00e9sar o no (cf. Lc 20, 21-25).Y otras veces la incredulidad tomar\u00e1 la figura del enredo y del l\u00edo:<em>Cuando sali\u00f3 de all\u00ed <\/em><em>\u2013<\/em>nos dice San Lucas<em>\u2013 <\/em><em>comenzaron los escribas y fariseos a acosarle terriblemente y a proponerle muchas cuestiones, firm\u00e1ndole trampas para cogerle por alguna palabra de su boca<\/em>(Lc 11, 53-54).<\/p>\n\n\n\n<p>En resumen, cada vez que quienes, por conocer m\u00e1s la Ley y estar m\u00e1s instruidos y, sobre todo, obligados, no s\u00f3lo no cooperaban a la expansi\u00f3n del reino de Dios, sino que directamente lo obstaculizaban, atribuyendo al pr\u00edncipe de los demonios la virtud de Cristo; se comet\u00eda un pecado de incredulidad, un pecado contra la luz, un pecado contra el Esp\u00edritu Santo, del cual dijo el mismo Se\u00f1or: <em>El que no est\u00e1 conmigo est\u00e1 contra m\u00ed, y el que conmigo no recoge, desparrama. Por esto os digo: todo pecado y blasfemia les ser\u00e1 perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Esp\u00edritu Santo no les ser\u00e1 perdonada<\/em> (Mt 12, 30-31).<\/p>\n\n\n\n<p>Tambi\u00e9n se ha de mencionar el pecado que podr\u00edamos llamar de cobard\u00eda, el pecado de aquellos que, creyendo, reconociendo a Jes\u00fas, no se atreven, sin embargo, a hacerlo en p\u00fablico por miedo a los jud\u00edos y fariseos: <em>Muchos de los jefes<\/em> \u2013nos dice San Juan\u2013 <em>creyeron en \u00c9l; pero por causa de los fariseos no le confesaban, temiendo ser excluidos de la sinagoga, porque amaban m\u00e1s la gloria de los hombres que la gloria de Dios<\/em> (Jn 12, 42-43).<\/p>\n\n\n\n<p>Por \u00faltimo, la incredulidad es a veces la consecuencia de esa d\u00e9bil flaqueza de los mismos creyentes que se dejan sorprender por su propia condici\u00f3n, como Tom\u00e1s, a quien amonesta Jes\u00fas: <em>No seas incr\u00e9dulo, sino fiel<\/em> (Jn 20, 27), o como Pedro sobre las aguas, a quien el Maestro dulcemente reprocha: <em>Hombre de poca fe, \u00bfpor qu\u00e9 has dudado? <\/em>(Mt 14, 31).<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\">\u00bfD\u00f3nde est\u00e1 vuestra fe? (Lc 8, 25)<\/h2>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Cristo est\u00e1 entre nosotros<\/h3>\n\n\n\n<p>Dios nos ha hablado sobre todo por su Hijo, \u201cmediador y plenitud de toda la revelaci\u00f3n\u201d (DV 2). Ahora bien, ante la palabra de Dios revelada y, en especial, ante la Palabra eterna hecha hombre, ante Jesucristo, la \u00fanica postura digna y razonable es la obediencia de la fe. Pero cabe inquirir: \u00bfd\u00f3nde est\u00e1 nuestra fe? Es la pregunta que el mismo Se\u00f1or dirigi\u00f3 a los Ap\u00f3stoles en un momento de tensi\u00f3n de esp\u00edritu, cuando el contraste de los vientos y el encrespamiento del mar pusieron en peligro la embarcaci\u00f3n en que navegaban (cf. Lc 8, 22-25).<\/p>\n\n\n\n<p>Para la zozobra en que se vieron envueltos los Ap\u00f3stoles, la soluci\u00f3n fue creer en Jesucristo, all\u00ed presente, e invocar su nombre. Y para cualquier tipo de problemas en que nos podamos encontrar quienes estamos comunitariamente comprometidos a evangelizar el mundo, la soluci\u00f3n sigue siendo, en \u00faltima instancia, la misma: creer en Jesucristo. <em>Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. \u00bfY qui\u00e9n es el que vence al mundo sino el que cree que Jes\u00fas es el Hijo de Dios? <\/em>(1Jn 5, 4-5).<\/p>\n\n\n\n<p>Para los contempor\u00e1neos del Se\u00f1or, la clave de su salvaci\u00f3n estuvo en llegar a ver al Hijo de Dios en Jes\u00fas; en llegar a ver la divinidad de Cristo detr\u00e1s de su visible humanidad; en llegar a reconocer al Mes\u00edas. Esto fue muy dif\u00edcil para muchos de ellos, a pesar de ser universal su expectaci\u00f3n. Y fue muy dif\u00edcil, porque la idea que ten\u00edan del Mes\u00edas estaba completamente desfigurada. Afanes terrestres les hac\u00edan poner su mirada m\u00e1s en la propia exaltaci\u00f3n que en la salud moral que el Mes\u00edas hab\u00eda de traer.<\/p>\n\n\n\n<p>Juan el Bautista dir\u00e1 a los fariseos: <em>Hay uno en medio de vosotros a quien no conoc\u00e9is<\/em> (Jn 1, 26). Este fue el gran pecado de muchos jud\u00edos: no ver al Mes\u00edas, no reconocerle en medio de ellos, no creer en \u00c9l. Y \u00e9sta es la gran tentaci\u00f3n que acompa\u00f1a a los cristianos de todos los tiempos, el gran peligro que amenaza a los fieles de nuestros d\u00edas. Porque Jesucristo sigue estando entre nosotros seg\u00fan sus promesas: <em>Yo estar\u00e9 con vosotros siempre hasta la consumaci\u00f3n del mundo<\/em> (Mt 28, 20). Incluso est\u00e1 entre nosotros de una forma visible: en la persona del Papa, a nivel de Iglesia; y en la persona del obispo, a nivel de di\u00f3cesis. Y si no le lleg\u00e1ramos a ver, si no le lleg\u00e1ramos a reconocer, si no lleg\u00e1ramos a creer en El, caer\u00edamos en el mismo pecado de los fariseos y de los jud\u00edos, y tambi\u00e9n entonces se nos podr\u00eda decir: <em>Hay uno en medio de vosotros a quien no conoc\u00e9is<\/em> (Jn 1, 26).<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><a><\/a>Presencia visible de Cristo en la persona del Papa<\/h3>\n\n\n\n<p>La manera m\u00e1s amplia de acerc\u00e1rsenos, de hac\u00e9rsenos presente Cristo, es la Iglesia. El Concilio Vaticano II afirma: \u201cEl \u00fanico mediador y camino de salvaci\u00f3n es Cristo, quien se hace presente a todos nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia\u201d (LG 14). En efecto, \u201cCristo, Mediador \u00fanico, estableci\u00f3 su Iglesia santa, comunidad de fe, de esperanza y de caridad en este mundo, como una trabaz\u00f3n visible y la mantiene constantemente, por la cual comunica a todos la verdad y la gracia\u201d (LG 8).<\/p>\n\n\n\n<p>Y es que \u201cCristo, levantado en alto sobre la tierra, atrajo hacia S\u00ed a todos los hombres (cf. Jn 12, 32 gr.); resucitando de entre los muertos (cf. Rm 6, 9) envi\u00f3 a su Esp\u00edritu vivificador sobre sus disc\u00edpulos y por \u00c9l constituy\u00f3 a su Cuerpo, que es la Iglesia, como sacramento universal de salvaci\u00f3n; estando sentado a la diestra del Padre, sin cesar act\u00faa en el mundo para conducir a los hombres a su Iglesia y por ella unirlos a S\u00ed m\u00e1s estrechamente y, aliment\u00e1ndolos con su propio Cuerpo y Sangre, hacerlos part\u00edcipes de su vida gloriosa. As\u00ed que la restauraci\u00f3n prometida que esperamos, ya comenz\u00f3 en Cristo, es impulsada con la venida del Esp\u00edritu Santo y contin\u00faa en la Iglesia, en la cual por la fe somos instruidos tambi\u00e9n acerca del sentido de nuestra vida temporal, en tanto que con la esperanza de los bienes futuros llevamos a cabo la obra que el Padre nos ha confiado en el mundo y labramos nuestra salvaci\u00f3n (cf. Fil 2, 12). La plenitud de los tiempos ha llegado, pues, hasta nosotros (cf. 1Cor 10, 11)\u201d (LG 48).<\/p>\n\n\n\n<p>La Iglesia es el Cuerpo M\u00edstico de Cristo (cf. Col 1, 24), del cual \u00c9l es la Cabeza real e invisible (cf. LG 7). Ahora bien, como todos sabemos, la cabeza visible de este Cuerpo es el Papa. Porque \u201cel Romano Pont\u00edfice es sucesor del bienaventurado Pedro, Pr\u00edncipe de los Ap\u00f3stoles, y verdadero Vicario de Jesucristo y cabeza de toda la Iglesia y padre y maestro de todos los cristianos\u201d<a href=\"#sdfootnote9sym\" id=\"sdfootnote9anc\"><sup>9<\/sup><\/a>. Por lo que \u201cel Romano Pont\u00edfice \u2013como afirma el Concilio Vaticano II\u2013 tiene sobre la Iglesia, en virtud de su cargo, es decir, como Vicario de Cristo y pastor de toda la Iglesia, plena, suprema y universal potestad, que puede siempre ejercer libremente\u201d (LG 22).<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><a><\/a>Presencia visible de Cristo en la persona del obispo<\/h3>\n\n\n\n<p>Cristo est\u00e1 visiblemente presente entre nosotros en la persona del propio obispo. Lo ense\u00f1a con claridad el Concilio Vaticano II: \u201cEn la persona de los obispos, a quienes asisten los presb\u00edteros, el Se\u00f1or Jesucristo, Pont\u00edfice supremo, est\u00e1 presente en medio de los fieles\u201d (LG 21). Y en otro lugar: \u201cLos obispos, de modo visible y eminente, hacen las veces del mismo Cristo, Maestro, Pastor y Pont\u00edfice, y act\u00faan en lugar suyo\u201d (LG 21).<\/p>\n\n\n\n<p>Jes\u00fas,<em>el Hijo de Dios vivo<\/em>(Mt 16, 16),a quien le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra (cf. Mt 28, 18), dijo a los Ap\u00f3stoles:<em>Como me envi\u00f3 mi Padre, as\u00ed os env\u00edo yo<\/em>(Jn 20, 21).<em>Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado se salvar\u00e1, mas el que no creyere se condenar\u00e1<\/em> (Mc16, 15-16).<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora bien, \u201clos obispos han sucedido por instituci\u00f3n divina a los Ap\u00f3stoles como pastores de la Iglesia, y quien a ellos escucha, a Cristo escucha, y quien los desprecia, a Cristo desprecia y al que lo envi\u00f3 (cf. Lc 10, 16)\u201d (LG 20). Por ello, \u2018\u2018los obispos rigen las iglesias particulares que les han sido encomendadas, como vicarios y legados de Cristo\u201d (LG 27).<\/p>\n\n\n\n<p>Debemos decir, pues, con P\u00edo XII que as\u00ed como, con relaci\u00f3n a la Iglesia universal, Cristo \u2018\u2018gobierna a su Iglesia visiblemente por aquel que en la tierra representa su persona\u201d, hasta el punto de que \u2018\u2018Cristo y su Vicario constituyen una sola cabeza\u201d, por lo que \u201cse hallan en un peligroso error aquellos que piensan poder abrazar a Cristo Cabeza de la Iglesia sin adherirse fielmente a su Vicario en la tierra\u201d<a href=\"#sdfootnote10sym\" id=\"sdfootnote10anc\"><sup>10<\/sup><\/a>; as\u00ed, con relaci\u00f3n a las iglesias particulares y salva siempre la suprema y universal autoridad del Romano Pont\u00edfice, Cristo las gobierna por medio del obispo, con quien constituye una sola cabeza, de modo que no puede considerarse unido a Cristo quien no se halle unido a su Vicario en la di\u00f3cesis (cf. LG 27).<\/p>\n\n\n\n<p>Y as\u00ed como \u201cel Romano Pont\u00edfice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la multitud de los fieles\u201d (LG 23); as\u00ed tambi\u00e9n \u201clos obispos son, individualmente, el principio y fundamento visible de unidad en sus iglesias particulares, formadas a imagen de la Iglesia universal, en las cuales y a base de las cuales, se constituye la Iglesia Cat\u00f3lica y \u00fanica\u201d. Y a\u00f1ade el Concilio: \u201cPor eso, cada obispo representa a su iglesia, y todos juntos con el Papa representan a toda la Iglesia en el v\u00ednculo de la paz, del amor y de la unidad\u201d (Ib\u00edd.).<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Presencia de Cristo en los sacerdotes, \u201ccooperadores del orden episcopal\u201d (LG 28)<\/h3>\n\n\n\n<p>Los sacerdotes, segregados por el Esp\u00edritu Santo para la obra redentora (cf. Hch 13, 2), son enviados de Dios (cf. Jn 4, 34; 5, 30; 6, 38) y ministros de Cristo, de cuyo sacerdocio participan (cf. Hb 5, 11ss.).<\/p>\n\n\n\n<p>Porque, \u201cconsagrados de manera nueva a Dios por la recepci\u00f3n del orden, se convierten en instrumentos vivos de Cristo, Sacerdote eterno, para proseguir en el tiempo la obra admirable del que, con celeste eficacia, reintegr\u00f3 a todo el g\u00e9nero humano\u201d (PO 12). De ah\u00ed que \u201ctodo sacerdote, a su modo, represente la persona del mismo Cristo\u201d (Ib\u00edd.).<\/p>\n\n\n\n<p>Pero hay que tener en cuenta, seg\u00fan aclara el Concilio Vaticano II,que \u201cel ministerio sacerdotal, por el hecho de ser ministerio de la Iglesia misma, s\u00f3lo puede cumplirse en comuni\u00f3n jer\u00e1rquica con todo el Cuerpo. As\u00ed la caridad pastoral apremia a los presb\u00edteros a que, obrando en esta comuni\u00f3n, consagren por la obediencia su propia voluntad al servicio de Dios y de sus hermanos, aceptando y ejecutando con esp\u00edritu de fe lo que se manda o relaciona por parte del Sumo Pont\u00edfice y del propio obispo, lo mismo que por otros superiores\u201d (PO 15).<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cAs\u00ed pues, la caridad pastoral pide que, para no correr en vano (cf. Gal 2, 2), trabajen siempre los presb\u00edteros en v\u00ednculos de comuni\u00f3n con los obispos y con los otros hermanos en el sacerdocio. Obrando de esta manera, los presb\u00edteros hallar\u00e1n la unidad de su propia vida en la unidad misma de la misi\u00f3n de la Iglesia, y as\u00ed se unir\u00e1n con su Se\u00f1or, y, por \u00c9l, con el Padre, en el Esp\u00edritu Santo, para que puedan llenarse de consolaci\u00f3n y sobreabundar de gozo (cf. 2Cor 7, 4)\u201d (PO 14). Y es que \u2018\u2018Cristo obra por sus ministros y, por tanto, \u00c9l permanece siempre principio y fuente de la unidad de vida en ellos\u201d (Ib\u00edd.).<\/p>\n\n\n\n<p>Es m\u00e1s. \u201cLos presb\u00edteros, que ejercen el oficio de Cristo, Cabeza y Pastor, seg\u00fan su parte de autoridad, re\u00fanen, en nombre del obispo, la familia de Dios, con una fraternidad de un solo \u00e1nimo, y por Cristo, en el Esp\u00edritu, la conducen a Dios Padre\u201d (PO 6). Y \u201cen cada una de las congregaciones de fieles representan al obispo, con el que est\u00e1n confiada y animosamente unidos, y toman sobre s\u00ed una parte de la carga y solicitud pastoral, y la ejercen con el diario trabajo. Ellos, bajo la autoridad del obispo, santifican y rigen la porci\u00f3n de la grey del Se\u00f1or a ellos encomendada, hacen visible en cada lugar a la Iglesia universal y prestan eficaz ayuda en la edificaci\u00f3n de todo el Cuerpo de Cristo (cf. Ef 4, 12)\u201d (LG 28).<\/p>\n\n\n\n<p>Por lo cual, \u201cen la construcci\u00f3n de la comunidad de los cristianos, los presb\u00edteros no est\u00e1n nunca al servicio de una ideolog\u00eda o facci\u00f3n humana, sino que, como heraldos del Evangelio y pastores de la Iglesia, trabajan por lograr el espiritual incremento del Cuerpo de Cristo\u201d (PO 6). Digamos, por \u00faltimo, que \u201ctodos los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos, est\u00e1n adscritos al cuerpo episcopal y sirven al bien de toda la Iglesia seg\u00fan la vocaci\u00f3n y la gracia de cada uno\u201d (LG 28).<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><a><\/a>Presencia de Cristo en la acci\u00f3n lit\u00fargica y, en especial, en el sacramento de la Eucarist\u00eda<\/h3>\n\n\n\n<p>Cristo es el Redentor del mundo. Y su obra de salvaci\u00f3n es continuada por la Iglesia. Ahora bien, \u00abpara realizar una obra tan grande, Cristo est\u00e1 siempre presente a su Iglesia, sobre todo en la acci\u00f3n lit\u00fargica. Est\u00e1 presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, \u201cofreci\u00e9ndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreci\u00f3 en la Cruz\u201d, sea sobre todo bajo las especies eucar\u00edsticas. Est\u00e1 presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Est\u00e1 presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es \u00c9l quien habla. Est\u00e1 presente, por \u00faltimo, cuando la Iglesia suplica y canta salmos\u00bb (SC 7).<\/p>\n\n\n\n<p>Digamos con Pablo VI que \u00ablos sacramentos son acciones de Cristo, el cual los administra por medio de los hombres. Y por virtud de Cristo al tocar los cuerpos infunden la gracia en el alma. Estas varias maneras de presencia llenan el esp\u00edritu de estupor y ofrecen a la contemplaci\u00f3n el misterio de la Iglesia. Pero es muy otro el modo, verdaderamente sublime, con el cual Cristo est\u00e1 presente a su Iglesia en el sacramento de la Eucarist\u00eda, que por eso es, entre los dem\u00e1s sacramentos, el m\u00e1s suave por la devoci\u00f3n, el m\u00e1s bello por la inteligencia, el m\u00e1s santo por el contenido (Egidio Romano), ya que contiene al mismo Cristo y es como la perfecci\u00f3n de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos (Santo Tom\u00e1s,<em>Suma teol\u00f3gica,<\/em> 3 q.73 a.3 c). Tal presencia se llama real no por exclusi\u00f3n, como si las otras no fueran reales, sino por antonomasia, ya que es substancial, ya que por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e \u00edntegro (cf. Trid., Decr. de Euch., 3)\u00bb<a href=\"#sdfootnote11sym\" id=\"sdfootnote11anc\"><sup>11<\/sup><\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p>Apoyado en esta fe de la Iglesia, el Concilio de Trento, \u00ababierta y simplemente afirma que en el ben\u00e9fico sacramento de la santa Eucarist\u00eda, despu\u00e9s de la consagraci\u00f3n del pan y del vino, se contiene, bajo la apariencia de estas cosas sensibles, verdadera, real y substancialmente Nuestro Se\u00f1or Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre\u00bb. Por tanto, nuestro Salvador est\u00e1 presente seg\u00fan su humanidad, no s\u00f3lo a la derecha del Padre, seg\u00fan el modo natural de existir, sino, al mismo tiempo, tambi\u00e9n en el sacramento de la Eucarist\u00eda \u00abcon un modo de existir que, aunque apenas podemos expresar con las palabras, podemos, sin embargo, alcanzar con la raz\u00f3n ilustrada por la fe y debemos creer firm\u00edsimamente que es posible para Dios (Trid., Decr. de Euch., c. 1)\u00bb<a href=\"#sdfootnote12sym\" id=\"sdfootnote12anc\"><sup>12<\/sup><\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p>De hecho, la Iglesia ha adorado la Eucarist\u00eda en todas las edades con culto latr\u00e9utico, el cual es debido a solo Dios. Asimismo, \u00abla Iglesia Cat\u00f3lica profesa este culto latr\u00e9utico que se debe al sacramento eucar\u00edstico, no s\u00f3lo durante la Misa, sino tambi\u00e9n fuera de su celebraci\u00f3n, conservando con la mayor diligencia las Hostias consagradas, present\u00e1ndolas a la solemne veneraci\u00f3n de los fieles cristianos, llev\u00e1ndolas en procesi\u00f3n con alegr\u00eda de la multitud del pueblo\u00bb<a href=\"#sdfootnote13sym\" id=\"sdfootnote13anc\"><sup>13<\/sup><\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abTodav\u00eda m\u00e1s. San Cirilo de Alejandr\u00eda rechaza como locura la opini\u00f3n de aquellos que sostienen que la Eucarist\u00eda no sirve nada para la santificaci\u00f3n si queda alg\u00fan residuo de ella para el d\u00eda siguiente. \u201cPues ni se altera Cristo \u2013dice\u2013 ni se muda su sagrado Cuerpo, sino que persevera siempre en \u00c9l <em>la fuerza, la potencia y la gracia vivificante<\/em>\u201d (Ep. ad Cal.; PG 76, 1075)\u00bb<a href=\"#sdfootnote14sym\" id=\"sdfootnote14anc\"><sup>14<\/sup><\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p>Por todo lo cual, concluiremos con el Santo Padre, \u00abdiariamente, como es de desear, los fieles en gran n\u00famero participen activamente en el sacrificio de la Misa, se alimenten con coraz\u00f3n puro y santo de la sagrada Comuni\u00f3n, y den gracias a Cristo Nuestro Se\u00f1or por tan gran don. Recuerden estas palabras: \u201cEl deseo de Jes\u00fas y de la Iglesia de que todos los fieles se acerquen diariamente al sagrado banquete, consiste sobre todo en esto: que los fieles, unidos a Dios por virtud del sacramento, saquen de \u00e9l fuerza para dominar la sensualidad, para purificarse de las leves culpas cotidianas y para evitar los pecados graves, a los que est\u00e1 sujeta la humana fragilidad\u201d (Decr. Congr. Conc., 20 dic. 1905). Adem\u00e1s, durante el d\u00eda, los fieles no omitan el hacer la visita al Sant\u00edsimo Sacramento, que debe estar reservado en un sitio dign\u00edsimo, con el m\u00e1ximo honor en las iglesias, conforme a las leyes lit\u00fargicas, puesto que la visita es prueba de gratitud, signo de amor y deber de adoraci\u00f3n a Cristo Nuestro Se\u00f1or all\u00ed presente\u00bb<a href=\"#sdfootnote15sym\" id=\"sdfootnote15anc\"><sup>15<\/sup><\/a>.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Presencia de Cristo en medio de los congregados en su nombre (cf. Mt 18, 20)<\/h3>\n\n\n\n<p>Entre las distintas formas de estar Cristo presente en su Iglesia no podemos dejar de mencionar la que se deduce de aquellas conocidas palabras del divino Redentor: <em>Donde est\u00e1n dos o tres congregados en mi nombre, all\u00ed estoy yo en medio de ellos<\/em> (Mt 18, 20). En virtud de estas palabras, Cristo \u201cest\u00e1 presente cuando la Iglesia suplica y canta salmos\u201d (SC 7), est\u00e1 presente en toda agrupaci\u00f3n de apostolado aprobada por la Iglesia (cf. AA 18), est\u00e1 presente en toda instituci\u00f3n religiosa (cf. PC 15).<\/p>\n\n\n\n<p>A este prop\u00f3sito, debemos afirmar con el Concilio Vaticano IIque \u201clos consejos evang\u00e9licos de castidad consagrada a Dios, de pobreza y de obediencia, como fundados en las palabras y ejemplos del Se\u00f1or, y recomendados por los Ap\u00f3stoles y Padres, as\u00ed como por los doctores y pastores de la Iglesia, son un don divino que la Iglesia recibi\u00f3 de su Se\u00f1or y que con su gracia conserva siempre\u201d (LG 43). \u201cPor consiguiente, el estado constituido por la profesi\u00f3n de los consejos evang\u00e9licos, aunque no pertenece a la estructura jer\u00e1rquica de la Iglesia, pertenece, sin embargo, de manera indiscutible, a su vida y santidad\u201d (LG 44).<\/p>\n\n\n\n<p>Por otra parte, \u201cnadie piense que los religiosos, por su consagraci\u00f3n, se hacen extra\u00f1os a los hombres o in\u00fatiles para la sociedad terrena. Porque, si bien en algunos casos no sirven directamente a sus contempor\u00e1neos, los tienen, sin embargo, presentes de manera m\u00e1s \u00edntima en las entra\u00f1as de Cristo y cooperan espiritualmente con ellos, para que la edificaci\u00f3n de la ciudad terrena se funde siempre en el Se\u00f1or y se ordene a \u00c9l, no sea que trabajen en vano quienes la edifican\u201d (LG 46).<\/p>\n\n\n\n<p>Bien podemos decir que \u201cpor la caridad de Dios que el Esp\u00edritu Santo ha derramado en los corazones (cf. Rm 5, 5), la comunidad religiosa, congregada, como verdadera familia, en el nombre del Se\u00f1or, goza de su presencia (cf. Mt 18, 20)\u201d (PC 15). Por lo cual \u201clos religiosos cuiden con atenta solicitud de que, por su medio, la Iglesia muestre de hecho mejor cada d\u00eda ante fieles e infieles a Cristo, ya entregado a la contemplaci\u00f3n en el monte, ya anunciando el reino de Dios a las multitudes, o curando a los enfermos y pacientes y convirtiendo a los pecadores al buen camino, o bendiciendo a los ni\u00f1os y haciendo bien a todos, siempre, sin embargo, obediente a la voluntad del Padre que lo envi\u00f3\u201d (LG 46).<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Presencia de Cristo en cada uno de los cristianos<\/h3>\n\n\n\n<p>Cristo est\u00e1 presente y act\u00faa por cada uno de los cristianos, quienes, \u201cincorporados a Cristo por el bautismo, integrados al pueblo de Dios y hechos part\u00edcipes, a su modo, de la funci\u00f3n sacerdotal, prof\u00e9tica y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misi\u00f3n de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde\u201d (LG 31).<\/p>\n\n\n\n<p>Por eso cada cristiano debe manifestar a Cristo ante los dem\u00e1s, siendo fiel a su propia vocaci\u00f3n. Ahora bien, \u201ca los laicos corresponde, por propia vocaci\u00f3n, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y orden\u00e1ndolos seg\u00fan Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia est\u00e1 como entretejida. All\u00ed est\u00e1n llamados por Dios para que, desempe\u00f1ando su propia profesi\u00f3n guiados por el esp\u00edritu evang\u00e9lico, contribuyan a la santificaci\u00f3n del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y as\u00ed hagan manifiesto a Cristo ante los dem\u00e1s, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiaci\u00f3n de la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que est\u00e1n estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor\u201d (LG 31).<\/p>\n\n\n\n<p>Por otra parte, todos los cristianos debemos tener en cuenta que no carecemos de responsabilidad en cuanto a nuestra deficiente manifestaci\u00f3n de Dios ante el mundo que no cree. \u2018\u2018Porque \u2013como dice el Concilio Vaticano II\u2013 el ate\u00edsmo, considerado en su total integridad, no es un fen\u00f3meno originario, sino un fen\u00f3meno derivado de varias causas, entre las que se debe contar tambi\u00e9n la reacci\u00f3n cr\u00edtica contra las religiones, y, ciertamente en algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religi\u00f3n cristiana. Por lo cual, en esta g\u00e9nesis del ate\u00edsmo pueden tener parte no peque\u00f1a los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educaci\u00f3n religiosa, o con la exposici\u00f3n inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado m\u00e1s bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religi\u00f3n\u201d (GS 19).<\/p>\n\n\n\n<p>Por el contrario, \u2018\u2018el remedio del ate\u00edsmo hay que buscarlo en la exposici\u00f3n adecuada de la doctrina y en la integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros. A la Iglesia toca hacer presentes y como visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado, con la continua renovaci\u00f3n y purificaci\u00f3n propias bajo la gu\u00eda del Esp\u00edritu Santo. Esto se logra principalmente con el testimonio de una fe viva y adulta, educada para poder percibir con lucidez las dificultades y poderlas vencer. Numerosos m\u00e1rtires dieron y dan preclaro testimonio de esta fe, la cual debe manifestar su fecundidad imbuyendo toda la vida, incluso la profana, de los creyentes, e impuls\u00e1ndolos a la justicia y al amor, sobre todo respecto del necesitado. Mucho contribuye, finalmente, a esta manifestaci\u00f3n de la presencia de Dios el amor fraterno de los fieles, que con esp\u00edritu un\u00e1nime colaboran en la fe del Evangelio y se alzan como signo de unidad\u201d (GS 21).<\/p>\n\n\n\n<p>En cuanto a las organizaciones apost\u00f3licas y piadosas de los seglares, debemos decir con el Concilio Vaticano II \u2018\u2018que el hombre es social por naturaleza y que Dios ha querido unir a los creyentes en Cristo en el Pueblo de Dios (cf. 1P 2, 5-10) y en un solo Cuerpo (cf. 1Cor 12, 12). Por consiguiente, el apostolado organizado responde adecuadamente a las exigencias humanas y cristianas de los fieles y es, al mismo tiempo, signo de la comuni\u00f3n y de la unidad de la Iglesia en Cristo, quien dijo: <em>Donde dos o tres est\u00e1n congregados en mi nombre, all\u00ed estoy yo en medio de ellos<\/em> (Mt 18, 20). Por esto, los cristianos han de ejercer el apostolado aunando sus esfuerzos. Sean ap\u00f3stoles tanto en el seno de sus familias como en las parroquias y di\u00f3cesis, las cuales expresan el car\u00e1cter comunitario del apostolado, y en los grupos espont\u00e1neos en los que ellos decidan congregarse\u201d (AA 18).<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Presencia de Cristo en cada uno de nuestros hermanos<\/h3>\n\n\n\n<p>Cristo est\u00e1 presente en cada uno de nuestros hermanos. Las palabras del divino Maestro son claras. En la descripci\u00f3n del juicio final (cf. Mt 25, 31ss.), Jesucristo se identifica con los hambrientos, los sedientos, los peregrinos, los pobres, los enfermos, los encarcelados. Y afirma: <em>En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos m\u00edos m\u00e1s peque\u00f1os, a m\u00ed me lo hicisteis<\/em> (Mt 25, 40). Y <em>cuanto dejasteis de hacer con uno de estos m\u00e1s peque\u00f1os, tambi\u00e9n conmigo dejasteis de hacerlo<\/em> (Mt 25, 45).<\/p>\n\n\n\n<p>La raz\u00f3n de esto radica en que \u201cCristo, al asumir la naturaleza humana, uni\u00f3 a S\u00ed con cierta solidaridad sobrenatural a todo el g\u00e9nero humano como una sola familia y estableci\u00f3 la caridad como distintivo de sus disc\u00edpulos con estas palabras: <em>En esto conocer\u00e1n todos que sois mis disc\u00edpulos, si os am\u00e1is los unos a los otros<\/em> (Jn 13, 35)\u201d (AA 8). Porque \u201cel mandamiento supremo de la Ley es amar a Dios de todo coraz\u00f3n y al pr\u00f3jimo como a s\u00ed mismo (cf. Mt 22, 37-40). Y Cristo hizo suyo este mandamiento del amor al pr\u00f3jimo y lo enriqueci\u00f3 con un nuevo sentido al querer identificarse \u00c9l mismo con los hermanos como objeto \u00fanico de la caridad, diciendo: <em>Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos m\u00edos m\u00e1s peque\u00f1os, a m\u00ed me lo hicisteis<\/em> (Mt 25, 40)\u201d (AA 8).<\/p>\n\n\n\n<p>Por eso, en virtud de esta presencia de Cristo, \u201curge la obligaci\u00f3n de acercarnos a todos y de servirlos con eficacia cuando llegue el caso, ya se trate de ese anciano abandonado de todos, o de ese trabajador alien\u00edgena despreciado injustamente, o de ese desterrado, o de ese hijo ileg\u00edtimo que debe aguantar sin raz\u00f3n el pecado que \u00e9l no cometi\u00f3, o de ese hambriento que recrimina a nuestra conciencia recordando la palabra del Se\u00f1or: <em>Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos m\u00edos m\u00e1s peque\u00f1os, a m\u00ed me lo hicisteis<\/em> (Mt 25, 40)\u201d (GS 27).<\/p>\n\n\n\n<p>Y a\u00f1ade el Concilio. \u201cNo s\u00f3lo esto. Cuanto atenta contra la vida \u2013homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado\u2013; cuanto viola la integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o f\u00edsicas, los conatos sistem\u00e1ticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostituci\u00f3n, la trata de blancas y de j\u00f3venes; o las condiciones laborales degradantes, que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana: todas estas pr\u00e1cticas y otras parecidas son en s\u00ed mismas infamantes, degradan la civilizaci\u00f3n humana, deshonran m\u00e1s a sus autores que a sus v\u00edctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador\u201d (Ib\u00edd.).<\/p>\n\n\n\n<p>En fin, \u201csi recordamos c\u00f3mo en el rostro de cada hombre, especialmente si se ha hecho transparente por sus l\u00e1grimas y por sus dolores, podemos y debemos reconocer el rostro de Cristo (cf. Mt 25,40), el Hijo del hombre; y si en el rostro de Cristo podemos y debemos, adem\u00e1s, reconocer el rostro del Padre celestial: <em>Quien me ve a m\u00ed<\/em> \u2013dijo Jes\u00fas\u2013 <em>ve tambi\u00e9n al Padre<\/em> (Jn 14, 9); nuestro humanismo se hace cristianismo, nuestro cristianismo se hace teoc\u00e9ntrico; tanto que podemos afirmar: para conocer a Dios es necesario conocer al hombre\u201d<a href=\"#sdfootnote16sym\" id=\"sdfootnote16anc\"><sup>16<\/sup><\/a>.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\">El justo vive de la fe (Rm 1, 17)<\/h2>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">La fe act\u00faa por la caridad<\/h3>\n\n\n\n<p>Hemos visto que Dios, en su infinita misericordia, se nos acerca maravillosamente por caminos de variada encarnaci\u00f3n, por lo que bien podemos decir con San Pablo que <em>no est\u00e1 lejos de nosotros, porque en \u00c9l vivimos y nos movemos y existimos<\/em> (Hch 17, 27-28).<\/p>\n\n\n\n<p>En efecto, cerca est\u00e1 de nosotros la palabra de Dios, encarnada en la divina revelaci\u00f3n escrita y tradicional. Cerca est\u00e1 de nosotros el Hijo de Dios, encarnado substancialmente en las entra\u00f1as pur\u00edsimas de la Virgen y realmente presente entre nosotros bajo las especies eucar\u00edsticas. Cerca est\u00e1 de nosotros la autoridad del Se\u00f1or, encarnada para la Iglesia universal en la persona del Papa, y para cada iglesia particular en la persona del obispo. Cerca est\u00e1 de nosotros la virtud redentora del Se\u00f1or, encarnada en la m\u00faltiple acci\u00f3n sacerdotal, sacramental y lit\u00fargica. Cerca est\u00e1 de nosotros el esp\u00edritu de Cristo, encarnado en medio de cuantos se re\u00fanen en su nombre. Cerca est\u00e1 de nosotros la figura de Cristo, encarnada en cada uno de los cristianos. Cerca est\u00e1 de nosotros el misterio de Cristo reflejado en cada hombre que sufre. Cerca est\u00e1, en fin, de nosotros el rostro de Cristo, encarnado en cada hombre venido a este mundo.<\/p>\n\n\n\n<p>Por lo mismo, tener fe no es s\u00f3lo creer en Dios y en su enviado Jesucristo, sino, adem\u00e1s, descubrir y reconocer d\u00f3cilmente a Dios y a Jesucristo all\u00ed donde se nos aproxime su presencia por alguna forma de encarnaci\u00f3n. Y no s\u00f3lo esto, sino que tener fe ser\u00e1 obrar en consecuencia con esta misma fe.<\/p>\n\n\n\n<p>San Pablo nos ense\u00f1a que la fe act\u00faa por la caridad (cf. Gal 5, 6). Esta caridad nos lleva a multiplicar nuestras buenas obras, aquellas obras sin las que la fe ser\u00eda muerta, seg\u00fan afirmaci\u00f3n del Ap\u00f3stol Santiago: <em>Como el cuerpo sin el esp\u00edritu es muerto, as\u00ed tambi\u00e9n es muerta la fe sin obras<\/em> (St 2, 26). Obras de asentimiento pr\u00e1ctico a la palabra de Dios: <em>Recibid con mansedumbre la palabra injerta en vosotros, capaz de salvar vuestras almas. Ponedla en pr\u00e1ctica y no os content\u00e9is s\u00f3lo con o\u00edrla<\/em> (St 1, 21-22). Obras de amor a Jesucristo, Palabra encarnada: <em>Si alguno no ama al Se\u00f1or, sea anatema<\/em> (1Cor 16, 22). Obras de humilde obediencia a los representantes de Dios: <em>Obedeced a vuestros pastores y estadles sujetos, que ellos velan sobre vuestras almas, como quien ha de dar cuenta de ellas, para que lo hagan con alegr\u00eda y sin gemidos, que esto ser\u00eda para vosotros poco venturoso<\/em> (Hb 13, 17). Obras de fidelidad a la gracia redentora de Cristo: <em>Guardaos de entristecer al Esp\u00edritu Santo de Dios, en el cual hab\u00e9is sido sellados para el d\u00eda de la redenci\u00f3n<\/em> (Ef 4, 30). Obras de fraternidad y de uni\u00f3n: <em>Si nosotros nos amamos mutuamente, Dios permanece en nosotros<\/em> (1Jn 4, 12). Obras dignas de nuestra vocaci\u00f3n cristiana: <em>\u00bfNo sab\u00e9is que sois templo de Dios y que el Esp\u00edritu de Dios habita en vosotros?<\/em> (1Cor 3, 16). Obras de amor a nuestros hermanos: <em>Si el hermano o la hermana est\u00e1n desnudos y carecen del alimento cotidiano, y alguno de vosotros les dijere: \u201cId en paz, que pod\u00e1is calentaros y hartaros\u201d, pero no le diereis con qu\u00e9 satisfacer la necesidad de su cuerpo, \u00bfqu\u00e9 provecho les vendr\u00eda? As\u00ed tambi\u00e9n la fe, si no tiene obras, es de suyo muerta<\/em> (St 2, 15-17).<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Oscuridad de la fe<\/h3>\n\n\n\n<p>Ahora bien, todas estas y otras buenas obras por las que act\u00faa y vive la fe, y sin las que la fe ser\u00eda est\u00e9ril y muerta, tienen de com\u00fan con la misma fe, en donde se inspiran, la inevitable y meritoria compa\u00f1\u00eda de la oscuridad. Porque es oscura para el hombre la fe, ya que creemos \u201cno por la intr\u00ednseca verdad de las cosas, percibida por la luz natural de la raz\u00f3n, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede enga\u00f1arse ni enga\u00f1arnos\u201d<a href=\"#sdfootnote17sym\" id=\"sdfootnote17anc\"><sup>17<\/sup><\/a>. Y son oscuras para el hombre las principales verdades reveladas, \u201cporque los misterios divinos, por su propia naturaleza, de tal manera sobrepasan el entendimiento creado que, aun ense\u00f1ados por la revelaci\u00f3n y aceptados por la fe, siguen, no obstante, encubiertos por el velo de la misma fe y envueltos de cierta oscuridad\u201d<a href=\"#sdfootnote18sym\" id=\"sdfootnote18anc\"><sup>18<\/sup><\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p>San Pablo dejar\u00e1 escrito: <em>Predicamos entre los perfectos una sabidur\u00eda que no es de este siglo, ni de los pr\u00edncipes de este siglo, que quedan anonadados, sino que ense\u00f1amos una sabidur\u00eda divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de todos los siglos para nuestra gloria; que no conoci\u00f3 ninguno de los pr\u00edncipes de este siglo<\/em> (1Cor 2, 6-8). Y siendo oscura la fe por raz\u00f3n de su motivo, la autoridad de Dios, y por raz\u00f3n de su principal objeto, los misterios divinos, por fuerza hay que deducir que las obras exigidas por la fe tienen que ser tambi\u00e9n, en su conjunto, oscuras.<\/p>\n\n\n\n<p>Con todo, la oscuridad de la fe no hay que interpretarla como inseguridad o incertidumbre, pues todos sabemos que, por ser el motivo de la fe \u201cla autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede enga\u00f1arse ni enga\u00f1arnos\u201d<a href=\"#sdfootnote19sym\" id=\"sdfootnote19anc\"><sup>19<\/sup><\/a>, el asentimiento de la fe est\u00e1 inmune de todo error y se realiza con una firmeza m\u00e1xima. Por otra parte, la oscuridad de la fe tampoco hay que entenderla como una oposici\u00f3n a la raz\u00f3n, como quiera que \u201cel mismo Dios que revela los misterios e infunde la fe, puso dentro del alma humana la luz de la raz\u00f3n, y Dios no puede negarse a s\u00ed mismo ni la verdad contradecir jam\u00e1s a la verdad\u201d<a href=\"#sdfootnote20sym\" id=\"sdfootnote20anc\"><sup>20<\/sup><\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p>Asimismo, el hombre puede saber con certeza que Dios nos ha hablado y que, por tanto, es razonable creer, porque \u201cpara que el obsequio de nuestra fe fuera conforme a la raz\u00f3n (cf. Rm 12, 1), quiso Dios que a los auxilios internos del Esp\u00edritu Santo se juntaran argumentos externos de su revelaci\u00f3n, a saber, hechos divinos y, ante todo, los milagros y las profec\u00edas que, mostrando de consuno luminosamente la omnipotencia y la ciencia infinita de Dios, son signos cert\u00edsimos y acomodados a la inteligencia de todos, de la revelaci\u00f3n divina. Por eso, tanto Mois\u00e9s y los profetas, como, sobre todo, el mismo Cristo Se\u00f1or, hicieron y pronunciaron muchos y clar\u00edsimos milagros y profec\u00edas; y de los Ap\u00f3stoles leemos: <em>Y ellos marcharon y predicaron por todas partes, coo<\/em><em>perando el Se\u00f1or y confirmando su palabra con los signos que se segu\u00edan<\/em>(Mc 16, 20)\u201d<a href=\"#sdfootnote21sym\" id=\"sdfootnote21anc\"><sup>21<\/sup><\/a>.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Libertad y dem\u00e1s propiedades de la fe<\/h3>\n\n\n\n<p>La oscuridad de la fe contribuye a dar raz\u00f3n de una de las m\u00e1s caracter\u00edsticas propiedades del acto de fe, su libertad. Porque el asentimiento de la fe, la obediencia de la fe, es un acto libre, un acto voluntariamente emitido por el hombre. Y por eso mismo, creer ser\u00e1 siempre un acto meritorio, una virtud.<\/p>\n\n\n\n<p>El que la fe sea un asentimiento libre no quiere decir que le est\u00e9 moralmente permitido al hombre: o no abrazar la fe, cuando leemos que \u201csin la fe es imposible agradar a Dios (Hb 11, 6) y llegar al consorcio de los hijos de Dios\u201d; o no conservar la fe, cuando el mismo Concilio Vaticano I nos dice que \u201clos que han recibido la fe bajo el magisterio de la Iglesia, no pueden jam\u00e1s tener causa justa de cambiar o poner en duda esa misma fe\u201d<a href=\"#sdfootnote22sym\" id=\"sdfootnote22anc\"><sup>22<\/sup><\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p>Ni el que la fe sea un asentimiento libre quiere tampoco decir que se puede emitir un acto de fe con las solas fuerzas naturales, cuando es de todos conocido que se necesita para ello la gracia de Dios, como con toda claridad nos lo ense\u00f1a el Concilio Vaticano I: \u201cMas aun cuando el asentimiento de la fe no sea en modo alguno un movimiento ciego del alma; nadie, sin embargo, puede consentir a la predicaci\u00f3n evang\u00e9lica, como es menester para conseguir la salvaci\u00f3n, sin la iluminaci\u00f3n e inspiraci\u00f3n del Esp\u00edritu Santo, que da a todos suavidad en consentir y creer la verdad. Por eso la fe, aun cuando no obre por la caridad (cf. Gal 5, 6), es en s\u00ed misma un don de Dios, y su acto es obra que pertenece a la salvaci\u00f3n; obra por la que el hombre presta a Dios mismo libre obediencia, consintiendo y cooperando a su gracia, a la que podr\u00eda resistir\u201d<a href=\"#sdfootnote23sym\" id=\"sdfootnote23anc\"><sup>23<\/sup><\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p>Resumiendo, diremos que el asentimiento de la fe es un asentimiento oscuro, infalible, firme sobre todas las cosas, libre, meritorio y sobrenatural. Estas son las propiedades de la fe. Pues bien, las obras exigidas por la fe que profesamos participan tambi\u00e9n de esas mismas propiedades. Por eso vivir de la fe es vivir en oscuridad al mismo tiempo que en alejamiento del error y del enga\u00f1o; es vivir de forma acertada y firme; es vivir en esp\u00edritu de libertad y por caminos de merecimiento; es vivir a impulsos de la gracia de Dios.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">Vivir la presencia de Cristo entre nosotros<\/h3>\n\n\n\n<p>Como quiera que toda nuestra fe se resume en Jesucristo, <em>autor y consumador de la fe<\/em> (Hb 12, 2), al querer impulsar vuestros \u00e1nimos en orden a una mayor vitalizaci\u00f3n de vuestra fe religiosa, no encuentro otro camino m\u00e1s breve y eficaz que el de exhortaros a vivir la presencia de Cristo entre nosotros.<\/p>\n\n\n\n<p>Todos sabemos que esta presencia es m\u00faltiple y variada, y que por estar encuadrada dentro del campo de la fe, su aceptaci\u00f3n y reconocimiento por parte nuestra deber\u00e1n estar caracterizados por las propiedades de la fe.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed, no nos debe extra\u00f1ar que la presencia de Cristo entre nosotros la encontremos, en primer lugar, llena de oscuridad y de sombras, llena de limitaciones y de aparentes contrariedades. San Pablo nos dice que el Hijo de Dios, sin dejar de ser Dios, <em>se anonad\u00f3, tomando la forma de siervo y haci\u00e9ndose semejante a los hombres; y en la condici\u00f3n de hombre se humill\u00f3, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz <\/em>(Flp 2, 7-8). Asimismo, \u201ca la manera como el Verbo sustancial de Dios se hizo semejante a los hombres en todo <em>excepto el pecado<\/em> (Hb 4, 15), as\u00ed las palabras de Dios expresadas por lenguas humanas se han hecho, en todo, semejantes al humano lenguaje, excepto en el error\u201d<a href=\"#sdfootnote24sym\" id=\"sdfootnote24anc\"><sup>24<\/sup><\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p>A su vez, es Cristo quien confiere la gracia por intermedio del ministro sagrado cuando se administran los sacramentos, y Cristo entero quien ha querido encerrarse bajo las especies de pan y de vino: <em>El Se\u00f1or Jes\u00fas, en la noche en que fue entregado, tom\u00f3 el pan, y despu\u00e9s de dar gracias, lo parti\u00f3 y dijo: Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria m\u00eda. Este c\u00e1liz es el Nuevo Testamento en mi sangre; cuantas veces lo beb\u00e1is, haced esto en memoria m\u00eda. Pues cuantas veces com\u00e1is este pan y beb\u00e1is este c\u00e1liz, anunci\u00e1is la muerte del Se\u00f1or hasta que \u00c9l venga<\/em> (1Cor 11, 23-26).<\/p>\n\n\n\n<p>Adem\u00e1s, la autoridad de Cristo se oculta en las personas de los Ap\u00f3stoles y de sus sucesores: <em>El que a vosotros oye, a m\u00ed me oye, y el que a vosotros desecha, a m\u00ed me desecha, y el que me desecha a m\u00ed, desecha al que me envi\u00f3<\/em> (Lc 10, 16). Cristo est\u00e1 tambi\u00e9n m\u00edsticamente presente en medio de cuantos se re\u00fanen en su nombre, como \u00c9l mismo lo prometi\u00f3: <em>Donde est\u00e1n dos o tres congregados en mi nombre, all\u00ed estoy yo en medio de ellos<\/em> (Mt 18, 20). Cristo, en fin, se esconde tambi\u00e9n, como Dios, en cada uno de los cristianos: <em>Vosotros sois templo de Dios vivo <\/em>(2Cor 6, 16); y en cada uno de los hombres (cf. Mt 25, 40), pues, \u201cal asumir la naturaleza humana, Cristo uni\u00f3 a s\u00ed con cierta solidaridad sobrenatural a todo el g\u00e9nero humano como una sola familia y estableci\u00f3 la caridad como distintivo de sus disc\u00edpulos (cf. Jn 13, 35)\u201d (AA 8).<\/p>\n\n\n\n<p>He aqu\u00ed, pues, c\u00f3mo la presencia de Cristo nos rodea de una forma misteriosa y oscura. Tan oscura y misteriosa que a los ojos de la carne siempre se le presentar\u00e1n argumentos como para convencerse de que no est\u00e1 all\u00ed Cristo. Tan oscura y misteriosa que s\u00f3lo a la luz de la fe podemos advertir su presencia, para lo que ser\u00e1 siempre necesaria la gracia de Dios, la cual el Se\u00f1or no niega a los humildes. Porque \u201cpara dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio del Esp\u00edritu Santo, que mueve el coraz\u00f3n, lo dirige a Dios, abre los ojos del esp\u00edritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad\u201d (DV 5). Y entonces, esta \u201cobediencia de la fe (Rm 16, 26; cf. 1Cor 10, 5-6), por la que el hombre se conf\u00eda libre y totalmente a Dios\u201d (Ib\u00edd.), se convierte en uno de los m\u00e1s importantes actos meritorios que, adem\u00e1s, orientan la vida del hombre hacia la suprema verdad.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><a><\/a>El racionalismo de la fe<\/h3>\n\n\n\n<p>De todo lo cual debemos concluir que los caminos que llevan a la fe no son caminos humanos, sino divinos. Porque hemos de confesar que muchos de nuestros esfuerzos en orden a la evangelizaci\u00f3n del mundo se esfuman muchas veces y se reducen a la nada. Y este hecho no tiene otra explicaci\u00f3n que la de haber enfocado en forma humana y natural lo que deber\u00eda sustentarse ante todo sobre bases sobrenaturales y divinas. Es forzoso, pues, insistir en esto, porque, de lo contrario, todo ser\u00eda est\u00e9ril.<\/p>\n\n\n\n<p>Que nunca podamos hacer nuestras aquellas palabras que el libro de la Sabidur\u00eda pone en boca de los imp\u00edos: <em>Caminamos por desiertos solitarios y el camino del Se\u00f1or no lo atinamos. \u00bfQu\u00e9 nos aprovech\u00f3 nuestra soberbia, qu\u00e9 ventaja nos trajeron la riqueza y la jactancia? Todo aquello pas\u00f3 como una sombra, como noticia que va corriendo; como nave que rompe el mar agitado, y no es posible descubrir la huella de su paso ni la estela de su quilla en las olas; como p\u00e1jaro que volando atraviesa el aire, y de su vuelo no se encuentra vestigio alguno<\/em> (Sb 5, 7-11).<\/p>\n\n\n\n<p>Es indiscutible que la fe es razonable, puesto que es razonable dar cr\u00e9dito a Dios, \u201cel cual no puede ni enga\u00f1arse ni enga\u00f1arnos\u201d<a href=\"#sdfootnote25sym\" id=\"sdfootnote25anc\"><sup>25<\/sup><\/a>; sin embargo, la racionalizaci\u00f3n de la fe es uno de los grandes peligros en los que podemos caer hoy. A veces procedemos como si quisi\u00e9ramos que el estudioso y letrado mundo de hoy aceptara la revelaci\u00f3n divina por el camino de la evidencia de la raz\u00f3n y no por el camino de la obediencia de la fe. Entonces, en los predicadores del Evangelio surge el convencimiento de que los problemas religiosos de nuestra hora se solucionar\u00e1n con s\u00f3lo someternos a la peculiar mentalidad e idiosincrasia de los hombres de nuestros d\u00edas, con s\u00f3lo adaptar la divina revelaci\u00f3n a sus gustos y preferencias, con s\u00f3lo acomodarlo todo a su comprensi\u00f3n y voluntad. Y esto nos lleva a racionalizarlo todo, a discutirlo todo, a cavilarlo todo; como si el hombre no tuviera que ajustarse para nada al pensamiento y a la voluntad de Dios mediante la obediencia de la fe, mediante la aceptaci\u00f3n de la divina revelaci\u00f3n y de la predicaci\u00f3n del Evangelio; o como si el origen de la revelaci\u00f3n fuera el hombre o aqu\u00e9lla hubiera sido revelada a s\u00f3lo una peque\u00f1a minor\u00eda de privilegiados, seg\u00fan el reproche paulino: <em>\u00bfAcaso cre\u00e9is que la palabra del Se\u00f1or ha tenido origen en vosotros o que s\u00f3lo a vosotros ha sido comunicada? <\/em>(1Cor 14, 36).<\/p>\n\n\n\n<p>Todo esto es lo que podr\u00edamos llamar el racionalismo de la fe. Dice San Pablo: <em>Por no haber conocido el mundo a Dios en la sabidur\u00eda de Dios por la humana sabidur\u00eda, plugo a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicaci\u00f3n. Porque los jud\u00edos piden se\u00f1ales, los griegos buscan sabidur\u00eda, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado, esc\u00e1ndalo para los jud\u00edos, locura para los gentiles, mas poder y sabidur\u00eda de Dios para los llamados, ya jud\u00edos, ya griegos. Porque la locura de Dios es m\u00e1s sabia que los hombres, y la flaqueza de Dios m\u00e1s poderosa que los hombres<\/em> (1Cor 1, 21-25).<\/p>\n\n\n\n<p>Otras veces, este racionalismo de la fe se presenta sutil, y lo que racionaliza no es tanto el contenido revelado cuanto las personas encargadas de su predicaci\u00f3n, aquellos a quienes ha puesto el Esp\u00edritu Santo como obispos para pastorear la Iglesia de Dios (Hch 20, 28). Nuevamente, aqu\u00ed se necesita la obediencia de la fe. Porque <em>eligi\u00f3 Dios la necedad del mundo para confundir a los sabios, y eligi\u00f3 Dios la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes; y lo plebeyo, el desecho del mundo, lo que es nada, lo eligi\u00f3 Dios para destruir lo que es, para que nadie pueda gloriarse ante Dios<\/em> (1Cor 1, 27-29).<\/p>\n\n\n\n<p>El Ap\u00f3stol de las Gentes ten\u00eda conciencia de cuanto vamos diciendo, por lo que escribir\u00e1 a los fieles de Corinto: <em>Yo, hermanos, llegu\u00e9 a anunciaros el testimonio de Dios no con sublimidad de elocuencia o de sabidur\u00eda, que nunca entre vosotros me preci\u00e9 de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y \u00e9ste crucificado. Y me present\u00e9 a vosotros en debilidad, temor y mucho temblor; mi palabra y mi predicaci\u00f3n no fue en persuasivos discursos de humana sabidur\u00eda, sino en la manifestaci\u00f3n y el poder del Esp\u00edritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabidur\u00eda de los hombres, sino en el poder de Dios<\/em> (1Cor 2, 1-5).<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\">El camino de la humildad y el fruto de la concordia<\/h3>\n\n\n\n<p>Si quisi\u00e9ramos reducir a una todas aquellas disposiciones interiores que preparan al hombre para la obediencia de la fe, tendr\u00edamos que escribir una sola palabra: humildad. La humildad es una virtud que el Se\u00f1or practic\u00f3 y prescribi\u00f3: <em>Aprended de m\u00ed, que soy manso y humilde de coraz\u00f3n<\/em> (Mt 11, 29). La humildad es la virtud por excelencia de Mar\u00eda: <em>Porque ha mirado la humildad de su sierva, por eso todas las generaciones me llamar\u00e1n bienaventurada<\/em> (Lc 1, 48). Es la virtud que condiciona la recepci\u00f3n de las gracias divinas, siendo la ra\u00edz de todas ellas el don sobrenatural de la fe: <em>Porque Dios resiste a los soberbios y a los humildes de su gracia<\/em> (1P 5, 5).<\/p>\n\n\n\n<p>La humildad es una virtud que los Ap\u00f3stoles practicaron. Seg\u00fan puede deducirse de su primera carta a los Corintios, San Pablo, y no sus destinatarios, caminaba por este oscuro sendero. Escribe el Ap\u00f3stol: <em>Porque, a lo que pienso, Dios a nosotros, los Ap\u00f3stoles, nos ha asignado el \u00faltimo lugar, como a condenados a muerte, pues hemos venido a ser espect\u00e1culo para el mundo, para los \u00e1ngeles y los hombres. Hemos venido a ser necios por amor de Cristo; vosotros, sabios en Cristo; nosotros, d\u00e9biles; vosotros, fuertes; vosotros, ilustres; nosotros, viles. Hasta el presente pasamos hambre, sed y desnudez; somos abofeteados y andamos vagabundos, y penamos trabajando con nuestras manos; afrentados, bendecimos, y perseguidos, lo soportamos; difamados, respondemos con afabilidad; hemos venido a ser hasta ahora como desecho del mundo, como estropajo de todo<\/em> (1Cor 4, 9-13).<\/p>\n\n\n\n<p>Digamos, pues, que la soberbia se encona contra Dios y ciega los caminos por donde \u00c9l y sus gracias nos esperan. Sin embargo, la humildad es ancha avenida de los favores de Dios y condici\u00f3n indispensable para poner en pr\u00e1ctica la obediencia de la fe.<\/p>\n\n\n\n<p>Por otra parte, uno de los frutos m\u00e1s caracter\u00edsticos de la vida de fe es la concordia y la paz. Porque la fe armoniza a nivel divino las diferencias y disparidades humanas, alumbra la hermandad entre los hombres y unifica las metas de nuestra existencia. Y todo ello porque, como nos dice el Ap\u00f3stol: <em>S\u00f3lo hay un cuerpo y un esp\u00edritu, como tambi\u00e9n una sola esperanza, la de vuestra vocaci\u00f3n. S\u00f3lo un Se\u00f1or, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, que est\u00e1 sobre todos, por todos y en todos<\/em> (Ef 4, 4-6).<\/p>\n\n\n\n<p>Sea, pues, tan pujante nuestra vida de fe que jam\u00e1s tenga sentido alguno entre nosotros aquel dolorido ruego de San Pablo: <em>Os ruego, hermanos, por el nombre de Nuestro Se\u00f1or Jesucristo, que todos habl\u00e9is <\/em><em>igualmente, y no haya entre vosotros cismas, antes se\u00e1is concordes en el mismo pensar y en el mismo sentir<\/em>(1Cor 1, 10).Por lo que haciendo m\u00edas las palabras de San Pablo a los fieles de \u00c9feso, aprovechar\u00e9 nuevamente esta ocasi\u00f3n para exhortaros<em>a andar de una manera digna de la vocaci\u00f3n con que fuisteis llamados, con toda humildad, mansedumbre y longanimidad, soport\u00e1ndoos los unos a los otros con caridad, sol\u00edcitos de conservar la unidad del esp\u00edritu mediante el v\u00ednculo de la paz<\/em>(Ef 4, 1-3).<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\">Exhortaci\u00f3n final<\/h2>\n\n\n\n<p>Si miramos a nuestro alrededor, veremos que hoy est\u00e1n en crisis, de manera alarmante, dos necesarios pilares de nuestro cristianismo: el de la fe y el de la autoridad. No se tiene fe en la autoridad; no tiene autoridad la fe.<\/p>\n\n\n\n<p>Por otra parte, nunca como en estos providenciales tiempos de reforma y construcci\u00f3n hemos estado tan necesitados de estas dos ayudas: pues sin la fe nada se puede edificar; y, sin la autoridad, todo termina por caer.<\/p>\n\n\n\n<p>Y es que no se repara suficientemente en que ha sido el mismo Dios quien ha querido salvar al hombre por la obediencia de la fe en Jesucristo: en sus palabras, en su persona, en su misi\u00f3n. Ni se considera debidamente que es el mismo Jesucristo quien sigue ejerciendo su autoridad salvadora por intermedio de aquellos que visiblemente le representan.<\/p>\n\n\n\n<p>Si fuera as\u00ed, brillar\u00eda m\u00e1s en nosotros la antorcha de nuestra fe y correr\u00edamos con m\u00e1s diligencia a las fuentes de agua viva en busca de la gracia redentora y ser\u00eda m\u00e1s exacta la imagen que de Cristo dar\u00edamos hoy al mundo y ver\u00edamos con m\u00e1s nitidez el rostro de Cristo en cada uno de los hombres, sin especie alguna de discriminaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Si fuera as\u00ed, vivir\u00edamos de la fe y sobre nuestros pasos se levantar\u00eda humilde y luminosa la figura b\u00edblica del justo.<\/p>\n\n\n\n<p>Al escribir esta carta pastoral he pretendido presentaros una breve s\u00edntesis doctrinal de materias que deben ser le\u00eddas, meditadas y predicadas. La Comisi\u00f3n nombrada para orientar nuestro trabajo com\u00fan en el a\u00f1o de la fe ir\u00e1 ofreciendo a todos, durante los pr\u00f3ximos meses, indicaciones y sugerencias provechosas. Seguidlas. Pero reflexionad antes y a la vez sobre lo contenido en estas p\u00e1ginas. Tenemos que vivir nuestra fe, pero tambi\u00e9n tenemos que pensarla y meditarla. A los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a todos los laicos hijos de la Iglesia Cat\u00f3lica, os pido un esfuerzo serio de reflexi\u00f3n silenciosa. He captado en diversas ocasiones la profunda preocupaci\u00f3n pastoral que llena vuestra alma, queridos sacerdotes, antes este problema de la fe tal como se nos plantea en nuestra archidi\u00f3cesis de Barcelona. \u00bfEs que no vamos a ser capaces de unir nuestros esp\u00edritus, en la oraci\u00f3n y en el trabajo apost\u00f3lico, por encima de toda otra consideraci\u00f3n, hasta encontrar los caminos y m\u00e9todos m\u00e1s adecuados para la exposici\u00f3n de la fe y la educaci\u00f3n de la misma en el alma de los que nos est\u00e1n encomendados? Espero que s\u00ed, porque conf\u00edo en vuestro noble sentido de responsabilidad, en vuestra formaci\u00f3n y en la generosa respuesta que dais constantemente a Dios.<\/p>\n\n\n\n<p>No consint\u00e1is en exposiciones sobre la fe invertebradas, inconexas, meramente sociol\u00f3gicas o excesivamente problematizadas. San Pablo, en sus cartas, expuso la doctrina de la fe con todo rigor y densidad; con afirmaciones, no con dudas; se\u00f1alando dogmas, no favoreciendo opiniones confusas. Y el mundo en que vivi\u00f3 era tambi\u00e9n un mundo alejado y lleno de problemas de toda \u00edndole.<\/p>\n\n\n\n<p>No permit\u00e1is que nadie cause da\u00f1o al Concilio y a la Iglesia con interpretaciones caprichosas e irreverentes, que reflejan muchas veces un positivo desprecio del magisterio del Papa y los obispos. As\u00ed se empieza, s\u00ed, pero no se sabe c\u00f3mo se termina. Recientemente, el Santo Padre, en su alocuci\u00f3n del 5 de julio, en que evocaba la pasada festividad de los Santos Ap\u00f3stoles Pedro y Pablo, pronunci\u00f3 estas palabras, cuya singular gravedad nadie puede poner en duda:<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abRecordamos como ejemplo unas palabras significativas del mismo San Pedro, consciente de ser instrumento vivo, generador de la fe de los primeros cristianos. As\u00ed habla al primer Concilio de la Iglesia naciente: <em>Varones hermanos: ya sab\u00e9is que Dios, desde los primeros tiempos, dispuso entre nosotros que los gentiles oyesen la palabra del Evangelio de mi boca y creyesen<\/em> (Hch 15, 7). Mirad, el Ap\u00f3stol es Maestro; no es simplemente el eco de la conciencia religiosa de la comunidad; no es la expresi\u00f3n de las opiniones de los fieles, como la voz que la precisa y acredita, como dec\u00edan los modernistas (cf. Denz. Schoen., 3406 [2006]) y como todav\u00eda hoy osan afirmar algunos te\u00f3logos. La palabra del Ap\u00f3stol es generadora de la fe; del mismo modo que trae el primer anuncio del Evangelio, as\u00ed tambi\u00e9n defiende su sentido genuino, define su interpretaci\u00f3n, orienta la aceptaci\u00f3n de los fieles, denuncia las err\u00f3neas deformaciones.<\/p>\n\n\n\n<p>Y San Pablo no es menos dogm\u00e1tico: <em>Si alguno os predica otro evangelio distinto del que hab\u00e9is recibido, sea anatema,<\/em> es decir, condenado, maldito (Gal 1, 9). La verdad religiosa que se deriva de Cristo no se difunde entre los hombres de manera incontrolada e irresponsable; necesita de un canal exterior y social, exige un magisterio autorizado, y s\u00f3lo con la ayuda de este servicio (la caridad en la verdad) conserva su un\u00edvoco significado divino y su valor salv\u00edfico. S\u00ed, este sistema obliga, pero no se opone al ahondamiento, al estudio, a la meditaci\u00f3n, a la aplicaci\u00f3n vital de la verdad religiosa \u2013que en esto m\u00e1s bien nos educa y estimula\u2013; ni tampoco por s\u00ed obliga a la expresi\u00f3n verbal de dicha verdad religiosa \u2013aunque las f\u00f3rmulas dogm\u00e1ticas est\u00e1n tan \u00edntimamente ligadas a su contenido que todo cambio oculta o provoca una alteraci\u00f3n del mismo contenido\u2013; pero no consiente en lo que agrada a tantos hombres de hoy y de ayer: en un libre examen de la palabra divina, en una separaci\u00f3n entre la Sagrada Escritura y la palabra hablada, viva, fiel y actual del magisterio eclesi\u00e1stico, y, por ende, en una interpretaci\u00f3n caprichosa. San Agust\u00edn advierte: \u201cVosotros, que en el Evangelio cre\u00e9is en lo que os agrada y no en lo que os desagrada, cre\u00e9is m\u00e1s bien a vosotros mismos que al Evangelio\u201d <em>(Contra Faustum,<\/em> 17, 3; PL 42, 342). En este terreno, el Concilio nos ha ense\u00f1ado bastante bien los principios, m\u00e9todos, amplitud de miras consentida y el reconocimiento de los valores doctrinales y espirituales en las iglesias y comunidades cristianas separadas de nosotros (cf. LG 20, 23, etc.; UR 3, 11, 21, etc.). Haremos bien en conocerlas\u00bb<a href=\"#sdfootnote26sym\" id=\"sdfootnote26anc\"><sup>26<\/sup><\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p>Esta es nuestra tarea com\u00fan, y en esta marcha nos encontramos con la ayuda del Se\u00f1or. Porque <em>bueno es Dios para los que en \u00c9l esperan, para el alma que le busca<\/em> (Lm 3, 25).<\/p>\n\n\n\n<p>Por eso, mientras levantamos los brazos al cielo en demanda de la bendici\u00f3n de Dios todopoderoso, deseamos para todos y cada uno de nuestros hijos en el Se\u00f1or el cumplimiento en sus corazones de aquellas exultantes palabras del Salmista: <em>Salten de gozo y al\u00e9grense en Ti todos aquellos que te buscan<\/em> (Sal 40, 17).<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote1anc\" id=\"sdfootnote1sym\">1<\/a> Pablo VI, exhortaci\u00f3n <em>Petrum et Paulum Apostolos,<\/em>del 22 de febrero de 1967: cf. <em>Ecclesia,<\/em>1967, 295.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote2anc\" id=\"sdfootnote2sym\">2<\/a> <em>Ib\u00edd.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote3anc\" id=\"sdfootnote3sym\">3<\/a> P\u00edo XII, enc\u00edclica <em>Humani generis:<\/em> DS 3875.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote4anc\" id=\"sdfootnote4sym\">4<\/a> <em>Ib\u00edd.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote5anc\" id=\"sdfootnote5sym\">5<\/a> Concilio Vaticano I, <em>Const. De fide catholica, <\/em>2<em>:<\/em> DS 1786.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote6anc\" id=\"sdfootnote6sym\">6<\/a> Concilio de Trento, <em>Dec. de iustificatione,<\/em> 8: DS 801.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote7anc\" id=\"sdfootnote7sym\">7<\/a> Concilio Vaticano I, <em>Const, de fide catholica, <\/em>3: DS 1789.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote8anc\" id=\"sdfootnote8sym\">8<\/a> Vide nota 6.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote9anc\" id=\"sdfootnote9sym\">9<\/a> Concilio Vaticano I,<em>Const., de Ecclesia Christi,<\/em>3: DS1826.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote10anc\" id=\"sdfootnote10sym\">10<\/a> P\u00edo XII, enc. <em>Mystici Corporis<\/em> I, 2.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote11anc\" id=\"sdfootnote11sym\">11<\/a> Pablo VI, enc. <em>Mysterium fidei,<\/em> 4.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote12anc\" id=\"sdfootnote12sym\">12<\/a> <em>Ib\u00edd.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote13anc\" id=\"sdfootnote13sym\">13<\/a> <em>Ib\u00edd.<\/em> 6.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote14anc\" id=\"sdfootnote14sym\">14<\/a> <em>Ib\u00edd<\/em>. 6.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote15anc\" id=\"sdfootnote15sym\">15<\/a> <em>Ib\u00edd<\/em>. 7.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote16anc\" id=\"sdfootnote16sym\">16<\/a> Pablo VI, discurso de clausura del Concilio Vaticano II, 7 de diciembre de 1965.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote17anc\" id=\"sdfootnote17sym\">17<\/a> Concilio Vaticano I<em>, <\/em><em>Const, de fide catholica,<\/em>3: DS 1789.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote18anc\" id=\"sdfootnote18sym\">18<\/a> <em>Ib\u00edd.<\/em> 4: DS 1796.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote19anc\" id=\"sdfootnote19sym\">19<\/a> <em>Ib\u00edd.<\/em> 3: DS 1789.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote20anc\" id=\"sdfootnote20sym\">20<\/a> <em>Ib\u00edd.<\/em> 4: DS 1797.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote21anc\" id=\"sdfootnote21sym\">21<\/a> <em>Ib\u00edd.<\/em>3: DS 1789.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote22anc\" id=\"sdfootnote22sym\">22<\/a> <em>Ib\u00edd.<\/em> 3: DS 1794.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote23anc\" id=\"sdfootnote23sym\">23<\/a> <em>Ib\u00edd.<\/em> 3: DS 1791.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote24anc\" id=\"sdfootnote24sym\">24<\/a> P\u00edo XII, enc. <em>Divino afflante Spiritu:<\/em> AAS 35 (1943) 316. Cf. Concilio Vaticano II, <em>Const. Dei Verbum,<\/em> 13.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote25anc\" id=\"sdfootnote25sym\">25<\/a> Concilio Vaticano I, <em>Const. de fide catholica,<\/em> 3: DS J789.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#sdfootnote26anc\" id=\"sdfootnote26sym\">26<\/a> Pablo VI, homil\u00eda pronunciada el 5 de julio de 1968.Cf. <em>Insegnamenti di<\/em> <em>Paolo VI,<\/em> V, 1967, 821-822.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Carta pastoral, publicada el 24 de septiembre de 1967, festividad de la Sant\u00edsima Virgen de la Merced, Patrona de Barcelona. Texto publicado en el Bolet\u00edn Oficial del Arzobispado de Barcelona, 15 de octubre de 1967, 573-601. 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