{"id":818,"date":"2024-09-23T22:06:01","date_gmt":"2024-09-23T20:06:01","guid":{"rendered":"https:\/\/www.cardenaldonmarcelo.es\/?post_type=docs&#038;p=818"},"modified":"2024-09-23T22:06:01","modified_gmt":"2024-09-23T20:06:01","password":"","slug":"la-gran-aventura-de-la-iglesia","status":"publish","type":"docs","link":"https:\/\/www.cardenaldonmarcelo.es\/index.php\/docs\/la-gran-aventura-de-la-iglesia\/","title":{"rendered":"La gran aventura de la Iglesia"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"has-text-align-center has-small-font-size\">Art\u00edculo publicado en la revista <em>Catolicismo, <\/em>el d\u00eda del <em>DOMUND, <\/em>octubre de 1963.<\/p>\n\n\n\n<p>Nos lamentamos frecuentemente de las humanas adherencias con que la Iglesia se ve obligada a caminar por el mundo mientras en el mundo est\u00e9. Pero yo me pregunto si a nuestros ojos de hombres hubiera sido posible contemplar el bell\u00edsimo rostro que ella tiene, de no haber sido precisamente por esa carga humana que lleva consigo, cuyo peso, a la vez, nos entristece.<\/p>\n\n\n\n<p>Una Iglesia de \u00e1ngeles no habr\u00eda tenido que soportar miserias, pero tampoco habr\u00eda ofrecido a la contemplaci\u00f3n humana el paisaje \u00fanico de su misericordia y de su amor.<\/p>\n\n\n\n<p>Evangelizaci\u00f3n es una palabra que no existe en el lenguaje del cielo, donde todo es puro o purificado. Se refiere y se aplica exclusivamente a este mundo nuestro, espl\u00e9ndido por su origen, como nacido de las manos de Dios Creador, pero torpemente manchado en su evoluci\u00f3n y posterior desarrollo. La Iglesia ha tenido como misi\u00f3n, desde el primer momento de su existencia, predicar la buena nueva y bautizar a ese mundo, el de los hombres y sus obras humanas, y lo ha hecho, siendo ella divina, encarn\u00e1ndose en los hombres tambi\u00e9n para facilitar a todos la luz de que es portadora. Ah\u00ed radica el secreto de su grandeza y su debilidad. No podemos olvidar que fue a la vista de un ni\u00f1o impotente y desvalido cuando se pronunci\u00f3 aquella frase conmovedora que ha dado lugar a tantas meditaciones y ha hecho surgir en el coraz\u00f3n humano tantas y tan heroicas respuestas: <em>Lumen ad revelationem gentium<\/em> (Lc 2, 32).<\/p>\n\n\n\n<p>Con la debilidad y el temblor propio de las manos de un ni\u00f1o, que eso somos los hombres aun en estado de adultos, la Iglesia, sostenida y encarnada en estructuras humanas, ha seguido ofreciendo la luz. Por eso a veces ha aparecido \u00e9sta oscilante y como en agon\u00eda. Pero su resplandor no se ha apagado nunca del todo.<\/p>\n\n\n\n<p>Conoc\u00eda muy bien Jesucristo, en el momento de instituirla como sociedad visible en la tierra y confiarla a nuestro cuidado, lo que ser\u00edamos capaces de hacer con su herencia. Sin duda, la mutilar\u00edamos y llegar\u00edamos a exponerla a innumerables frustraciones, pero al prometernos su asistencia \u2013<em>Yo estar\u00e9 con vosotros hasta la consumaci\u00f3n de los siglos<\/em> (Mt 28, 20)\u2013 dejaba a salvo y garantizaba para siempre la incolumidad de la belleza divina de que \u00c9l la hab\u00eda dotado. En su hermoso rostro brillar\u00edan siempre, adem\u00e1s de otros fulgores, el del universalismo y el de la santidad, no s\u00f3lo para propio embellecimiento, sino para el de los hombres que participasen de su riqueza. Y aqu\u00ed viene la paradoja. La Iglesia estar\u00eda sostenida y encarnada en los hombres, que con su torpeza la manchan y la afean, pero iban a ser ellos tambi\u00e9n los que, en el orden de las cosas visibles, ofrecieran la luz y la belleza que, aun siendo de Cristo, a ellos les hab\u00edan sido entregadas para su difusi\u00f3n continua. As\u00ed iba a aparecer siempre la Iglesia con esa mezcla asombrosa que tiene de imperfecciones humanas y resplandores divinos, en lo cual consiste gran parte de su misterio. Humanos como son los llamados a incorporarse a ella, encontrar\u00edan m\u00e1s f\u00e1cil el acceso al ver que eran los propios hombres los encargados de ofrecer los dones de Dios y de su Hijo, el Redentor. Todo brotar\u00eda de Cristo, pero como si brotase de nosotros mismos. Hechos al individualismo ego\u00edsta y al pecado, los hombres \u2013en los que se encarna la Iglesia\u2013 se presentar\u00edan hablando y viviendo el universalismo y la santidad. Este lenguaje no les correspond\u00eda por vocaci\u00f3n de su naturaleza, tan dada a la dispersi\u00f3n y el desorden, sino que lo recib\u00edan de la Iglesia misma, es decir, del Esp\u00edritu que la acompa\u00f1ar\u00e1 siempre en cumplimiento de la promesa hecha por Jes\u00fas, antes de volver al Padre.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfNo consistir\u00e1 en esto, precisamente, la gran aventura de la Iglesia? Parece como si Jesucristo hubiera querido buscarse una compensaci\u00f3n. A los fallos, por \u00c9l previstos, que se producir\u00edan como consecuencia de la estructura humana de la Iglesia, suceder\u00edan, en un turno de \u00e9xitos felices, los logros maravillosos que nunca han faltado.<\/p>\n\n\n\n<p>La Iglesia, es cierto, hab\u00eda de verse, con frecuencia en el correr del tiempo, inculpada de los excesos y debilidades de los hombres; pero los hombres, gracias a la Iglesia, podr\u00edan tambi\u00e9n presentarse ante la humanidad necesitada de redenci\u00f3n como poseedores de santidad, de amor, de libertad aut\u00e9ntica, de anhelo evangelizador y misionero, forma suprema de la caridad. De ella lo recibir\u00edan para ofrecerlo a los dem\u00e1s, los llamados a incorporarse, que son todos, absolutamente todos los que est\u00e1n fuera. S\u00f3lo as\u00ed ha sido posible a nuestros ojos humanos contemplar la epopeya de veinte siglos en que la vida de los hombres no ha sido s\u00f3lo odio y lascivia, rebeld\u00eda y ego\u00edsmo, desesperanza y tinieblas; ha sido tambi\u00e9n abnegaci\u00f3n y sacrificio generoso, fraternidad aut\u00e9ntica, pureza y amor, salvaci\u00f3n de los dem\u00e1s. Lo ha sido gracias a la Iglesia, que, injertada en el tronco de la comunidad, ha hecho posible que brotasen frutos tan ricos como el que los hombres se empe\u00f1asen por amor en hacer santos a los hombres.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando esto se anhela y se vive a escala universal, estamos en presencia del fen\u00f3meno de la evangelizaci\u00f3n misionera, que es, en definitiva, propagaci\u00f3n de la santidad y la unidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Los Ap\u00f3stoles, en el concilio de Jerusal\u00e9n, movidos por el Esp\u00edritu Santo, abren las puertas de la Iglesia a la humanidad entera, sin exigir como condici\u00f3n previa el rito de la circuncisi\u00f3n. Con tal determinaci\u00f3n no fueron ellos los que obsequiaron a la Iglesia adoptando una actitud que favoreciera su propagaci\u00f3n por el mundo. Al contrario, lo que hicieron fue rendirse con humilde y fiel obediencia a lo que la Iglesia misma les ped\u00eda por exigencia de su naturaleza.<\/p>\n\n\n\n<p>Siempre ha sido as\u00ed desde entonces. Ellos, sin conocer la geograf\u00eda ni detenerse a hacer estad\u00edsticas, se repartieron el mundo para predicar la Buena Nueva. Esto es lo asombroso: la naturalidad biol\u00f3gica \u2013dir\u00edamos\u2013 con que se lanzan a una tarea evang\u00e9lica, universalista y mundial, como quien no puede, ni debe, ni tiene que hacer otra cosa. Muertos ellos, en la historia sucesiva de la Iglesia ir\u00e1n surgiendo, con la misma espont\u00e1nea naturalidad de aparici\u00f3n y crecimiento, los innumerables movimientos, instituciones, grupos y personas que, nacidos dentro de la Iglesia, se dedicar\u00e1n a propagar el Evangelio como quien no puede hacer otra cosa. Ser\u00e1n los obispos de las cristiandades primitivas, los monjes, las \u00f3rdenes religiosas, las di\u00f3cesis, o incluso las naciones cristianas. Ser\u00e1n tambi\u00e9n los h\u00e9roes individuales y aislados, de gigantesca personalidad, que aparecer\u00e1n siempre arrebatados por el impulso de su fervor recorriendo mares y continentes con la cruz de Cristo en la mano. Al obrar as\u00ed, no hacen otra cosa que rendirse tambi\u00e9n ellos, con la misma fe y humilde obediencia en lo que la Iglesia les pide.<\/p>\n\n\n\n<p>Esta aventura constante, y muchas veces silenciosa, de la Iglesia y de sus hijos es lo que hace de ella una instituci\u00f3n incomparable. En las grandes crisis que ha atravesado el mundo, ha ido quedando a salvo siempre, para orgullo y esperanza de la humanidad, esa misteriosa acci\u00f3n salvadora del hombre en favor del hombre, que se llama evangelizaci\u00f3n, sublime por su desinter\u00e9s, su elevaci\u00f3n y su pureza. \u00bfQu\u00e9 pueden significar junto a ella, con ser tan grandes sus beneficios, las transformaciones industriales o las conquistas de la t\u00e9cnica? Algo se esconde siempre detr\u00e1s de estos avances en el reino de la materia que nos hace sentir miedo al desencadenamiento de posteriores ego\u00edsmos. El mundo no es capaz de aventuras generosas continuadas. Cuando se decide a hacer una carretera que facilita la comunicaci\u00f3n a los nativos de un pa\u00eds subdesarrollado, piensa enseguida en plantaciones de caucho o en el tratamiento del uranio para provecho propio. El amor, a escala universal, no es conocido en sus dominios. Tiene que ser siempre la Iglesia, a pesar de las imperfecciones de sus hijos, la que salga a escena sacando de sus reservas inagotables las energ\u00edas espirituales que restauran y nos hacen confiar en que el amor no se ha extinguido. Ser\u00e1 San Bonifacio o San Patricio, ser\u00e1 San Francisco Javier o el padre Foucauld, ser\u00e1 el cardenal Lavigerie o Juan XXIII, ser\u00e1n los institutos de misiones extranjeras o los sacerdotes belgas, franceses o espa\u00f1oles que, hoy como ayer, siguen respondiendo a la llamada y se lanzan a vivir el universalismo del amor sin otra aspiraci\u00f3n que la de ser testigos del Evangelio del Se\u00f1or. Y lejos de que la hermosa aventura haya terminado, crece tanto en nuevos impulsos que ya lo estamos viendo: en un mundo que tiene que vanagloriarse de un pacto precario de suspensi\u00f3n de pruebas nucleares, pero en el que hay que seguir hablando hasta el cansancio del Este y el Oeste, la Iglesia comunica a sus hijos fuerza vital suficiente para que, en lugar de un documento como la <em>Rerum Ecclesiae<\/em> o la <em>Fidei donum,<\/em> aparezca la Enc\u00edclica <em>Pacem in terris,<\/em> que es como un grito misionero en favor no ya de los pa\u00edses de misi\u00f3n, sino de todo el mundo, y en lugar de un instituto de misiones, al estilo de los que aparecieron en el siglo XIX, se convoca un Concilio Ecum\u00e9nico, en que los 2.500 obispos de la tierra tratan de ponerse en estado de misi\u00f3n permanente. El amor no se cansa nunca cuando quien lo mueve es Cristo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Art\u00edculo publicado en la revista Catolicismo, el d\u00eda del DOMUND, octubre de 1963. Nos lamentamos frecuentemente de las humanas adherencias con que la Iglesia se ve obligada a caminar por el mundo mientras en el mundo est\u00e9. Pero yo me pregunto si a nuestros ojos de hombres hubiera sido posible contemplar el bell\u00edsimo rostro que [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","template":"","meta":{"saved_in_kubio":false,"_eb_attr":"","ngg_post_thumbnail":0,"footnotes":""},"doc_category":[35],"doc_tag":[],"class_list":["post-818","docs","type-docs","status-publish","hentry","doc_category-iglesia-misionera"],"year_month":"2026-04","word_count":1673,"total_views":0,"reactions":{"happy":0,"normal":0,"sad":0},"author_info":{"name":"P. 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