{"id":1292,"date":"2024-09-28T23:18:01","date_gmt":"2024-09-28T21:18:01","guid":{"rendered":"https:\/\/www.cardenaldonmarcelo.es\/?post_type=docs&#038;p=1292"},"modified":"2024-09-28T23:18:02","modified_gmt":"2024-09-28T21:18:02","password":"","slug":"la-reconciliacion-y-la-penitencia-a-la-luz-del-sagrado-corazon-de-jesus","status":"publish","type":"docs","link":"https:\/\/www.cardenaldonmarcelo.es\/index.php\/docs\/la-reconciliacion-y-la-penitencia-a-la-luz-del-sagrado-corazon-de-jesus\/","title":{"rendered":"La reconciliaci\u00f3n y la penitencia a la luz del Sagrado Coraz\u00f3n de Jes\u00fas"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"has-text-align-center has-small-font-size\">Art\u00edculo publicado en la revista <em>Tierra nueva, <\/em>51 (1984), pp.77-84.<\/p>\n\n\n\n<p>El tema presente es extremadamente amplio; pero, sin duda, de gran actualidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Es amplio, ciertamente, porque abarca los puntos m\u00e1s vitales e \u00edntimos de la misi\u00f3n de Cristo, y, por consiguiente, toca lo m\u00e1s profundo de la existencia cristiana.<\/p>\n\n\n\n<p>La reconciliaci\u00f3n, en efecto, es aquello que resume en una sola palabra toda la obra salv\u00edfica de Cristo, el \u00fanico Salvador del mundo y de las cosas. Porque, como nos ense\u00f1a San Pablo, \u201cDios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo\u201d (2Cor 5, 19). Y si para algo fund\u00f3 su Iglesia, fue para confiarle el ministerio de reconciliaci\u00f3n hasta el final de los tiempos: \u201cDios mismo nos reconcili\u00f3 por medio de Cristo y nos confi\u00f3 el ministerio de reconciliaci\u00f3n&#8230; y puso en nuestras manos la palabra de reconciliaci\u00f3n. Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios os exhortase por medio de nosotros\u201d (ib. 18-20).<\/p>\n\n\n\n<p>San Pablo nos muestra en este corto p\u00e1rrafo de la segunda carta a los fieles de Corinto, una visi\u00f3n grandiosa de la obra de Cristo y de la Iglesia. Mirada en su conjunto, puede definirse como un gran misterio de reconciliaci\u00f3n. Una reconciliaci\u00f3n que no s\u00f3lo abarca al hombre hist\u00f3rico concreto, sino que se extiende hasta la renovaci\u00f3n del mundo y de las cosas: \u201cY plugo al Padre que en \u00c9l habitase toda la plenitud, y por \u00c9l reconciliar consigo, pacificando por la sangre de su cruz todas las cosas, as\u00ed las de la tierra como las del cielo\u201d (Col 1, 19-20); \u00c9l (Cristo), que como Pablo ha dicho en el verso anterior \u201ces la cabeza del cuerpo de la Iglesia, el principio, el primog\u00e9nito de los muertos\u201d (v. 18).<\/p>\n\n\n\n<p>La verdad es que toda la obra de Cristo no es otra cosa sino el despliegue de una voluntad amorosa del Padre que crea en el mundo una nueva humanidad de hombres reconciliados con Dios por medio de la sangre de Cristo (Rm 5, 10; Col 1, 22). Y como Cristo es el instrumento excepcional y \u00fanico del Padre para llevar a cabo la reconciliaci\u00f3n del mundo, la Iglesia, que es su cuerpo, no tiene m\u00e1s objetivo en la tierra que el de prolongar esa obra de reconciliaci\u00f3n y poder presentar ante Dios a esos hombres reconciliados, \u201csantos e inmaculados e irreprensibles\u201d (Col 1, 22).<\/p>\n\n\n\n<p>No cabe duda de que el tema de la reconciliaci\u00f3n es extraordinariamente amplio.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero es adem\u00e1s de suma actualidad. Porque el tema de la reconciliaci\u00f3n y de la penitencia, que son dos temas convergentes, hemos de iluminarlos con esa luz inefable que brota del Sagrado Coraz\u00f3n de Jes\u00fas. Esto quiere decir que esa realidad inmensa de la reconciliaci\u00f3n que convierte a hombres muertos en resucitados con Cristo (2Cor 5, 14ss.; Col 3, 1), a extra\u00f1os en familiares de Dios (Ef 2, 19), a esclavos en hijos (Gal 4, 7), hemos de verla a la luz de aquel amor infinito que \u201cpredestin\u00f3 a los hombres para hacerlos conformes con la imagen de su Hijo\u201d (Rm 8, 20) y de aquel amor humano, anidado en el coraz\u00f3n del Hombre-Dios, que \u201cde tal manera nos am\u00f3 que se entreg\u00f3 a la muerte por nosotros\u201d (Ef 5, 2; Gal 2, 10).<\/p>\n\n\n\n<p>Hay razones que la raz\u00f3n no entiende. Y el misterio de la reconciliaci\u00f3n no es obra de la raz\u00f3n fr\u00eda, sino de un amor que llega hasta la ternura infinita. Un amor as\u00ed s\u00f3lo podr\u00e1 comprenderlo un hombre que tenga coraz\u00f3n. Y, por eso, es especialmente interesante este tema en los momentos actuales. Porque vivimos en un mundo que se est\u00e1 quedando sin coraz\u00f3n. Un mundo abandonado a la asfixia conceptual y matem\u00e1tica de su propio desarrollo eminentemente tecnol\u00f3gico, que acabar\u00e1 por producir hombres \u201crobots\u201d, incapaces de comprender la parte m\u00e1s misteriosa de su propio ser de hombres, realidad que escapa a los n\u00fameros o a las reacciones controlables en el laboratorio. El Papa Juan Pablo II se ha hecho eco de esta preocupaci\u00f3n cuando, en su enc\u00edclica <em>Dives in misericordia<\/em>, escrib\u00eda: \u201cLa mentalidad moderna, quiz\u00e1s en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de misericordia, y tiende adem\u00e1s a orillar de la vida y arrancar del coraz\u00f3n humano la idea misma de misericordia. La palabra y el concepto de misericordia parecen producir una cierta desaz\u00f3n en el hombre, quien, gracias a los adelantos de la ciencia y de la t\u00e9cnica, como nunca fueron conocidos antes en la historia, se ha hecho due\u00f1o y ha dominado la tierra mucho m\u00e1s que en el pasado. Tal dominio, entendido tal vez unilateral y superficialmente, parece no dejar espacio a la misericordia\u201d (AAS 72 [1980] 1181).<\/p>\n\n\n\n<p>Y he aqu\u00ed que, frente a este racionalismo fr\u00edo, que amenaza con destruir en el hombre la parte m\u00e1s misteriosa de su ser, el coraz\u00f3n, viene de nuevo la doctrina evang\u00e9lica, como tantas veces lo ha hecho en la historia, en ayuda del hombre, que no quiere convertirse en un \u201crobot\u201d, desprovisto de calor humano, de afecto familiar, de ternura, de inspiraci\u00f3n, de generosidad gratuita y de tantas y tantas cosas hermosas y bellas que nacen del coraz\u00f3n y que escapan a la pura racionalidad. Viene a descubrirle ese lugar \u00edntimo en el que la criatura puede escuchar el murmullo de Dios, que le habla en el silencio de las cosas y le descubre que el hombre no es un producto del azar, sino una criatura de Dios, llamada a participar de la naturaleza divina y a vivir como hijo amante y amado, que tiene el derecho de llamar a Dios Padre, Padre querido; y que, como derivaci\u00f3n de esta realidad inconmensurable, ha de considerar a todos los hombres como hermanos.<\/p>\n\n\n\n<p>En este mundo sin coraz\u00f3n, Cristo es el coraz\u00f3n del mundo, que al hacer a los hombres hijos de Dios, los hace ya en el tiempo hermanos entre s\u00ed, y tiende a curar las heridas que han convertido el tiempo en un semillero de odios, de luchas, de injusticias, de des\u00f3rdenes, de avaricias. Todo esto rebasa los l\u00edmites de la pura racionalidad mec\u00e1nica y nos introduce en el santuario del coraz\u00f3n de Dios, que \u201cde tal manera am\u00f3 al mundo, que le entreg\u00f3 a su Hijo Unig\u00e9nito\u201d (Jn 3, 16); y del Coraz\u00f3n de Jes\u00fas, que \u201cnos am\u00f3 y se entreg\u00f3 a la muerte por nosotros\u201d (Rm 8, 37; Gal 2, 20; Ef 2, 4; 5, 2).<\/p>\n\n\n\n<p>Por todo esto pensamos que el tema presente es de un inter\u00e9s particular en las circunstancias concretas de nuestro tiempo.<\/p>\n\n\n\n<p>Har\u00e9 unas breves consideraciones, primero, sobre la reconciliaci\u00f3n; despu\u00e9s, sobre la penitencia; y terminar\u00e9 proyectando sobre estos dos puntos, o mejor dicho, captando en ellos la luz que brota del Coraz\u00f3n de Jes\u00fas y les da vida.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\">La reconciliaci\u00f3n<\/h2>\n\n\n\n<p>La reconciliaci\u00f3n \u2013d\u00edgase lo mismo de la penitencia\u2013 es un tema b\u00edblico que no se agota en lo que hoy llamamos el sacramento de la penitencia o reconciliaci\u00f3n. Yo quisiera tratarlo en su profunda dimensi\u00f3n b\u00edblica; de este modo, el sacramento de la penitencia adquirir\u00e1 una luz nueva, al integrarse en el todo, como una parte m\u00e1s de esa obra inefable de amor divino a los hombres que es la reconciliaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>a) El t\u00e9rmino <em>reconciliar<\/em>, o <em>volver a la amistad primitiva<\/em>, tiene un largo uso profano y b\u00edblico. San Pablo lo emplea una sola vez para indicar la vuelta o reconciliaci\u00f3n de la mujer con el marido del que se ha separado (cfr. 1Cor 7, 11). Mas, fuera de este caso, San Pablo es el \u00fanico autor del Nuevo Testamento que emplea el t\u00e9rmino refiri\u00e9ndolo siempre a las relaciones del hombre con Dios. As\u00ed en Rm 5, 10: \u201cHemos sido reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo\u201d; y en la carta a los fieles de Corinto: \u201cDios estaba en Cristo, reconciliando consigo al mundo\u201d (2Cor 5, 18-19).<\/p>\n\n\n\n<p>b) Cuando Pablo hablaba de la reconciliaci\u00f3n de la mujer con el marido, la iniciativa part\u00eda de parte de la mujer, que era la que se hab\u00eda apartado de \u00e9l. En cambio, cuando se refiere a la reconciliaci\u00f3n del hombre con Dios, aun cuando el hombre es el que se ha separado de Dios por el pecado, la iniciativa del encuentro rec\u00edproco parte siempre y necesariamente de Dios. Pablo describe al hombre a quien Dios va a reconciliar consigo, como \u201calienado y enemigo\u201d (Col 1, 21-22); como \u201cmuerto por el pecado\u201d (Ef 2, 1-5). Y un muerto es incapaz de toda iniciativa de salvaci\u00f3n. Para no dejar lugar a duda de que la reconciliaci\u00f3n es obra de Dios y no una acci\u00f3n nuestra, Pablo usa la voz pasiva: \u201cHemos sido reconciliados con Dios por la sangre de Cristo\u201d, o simplemente habla de la reconciliaci\u00f3n como de un don que hemos recibido de Dios: \u201cNos gloriamos en Dios, por nuestro Se\u00f1or Jesucristo&#8230; por quien hemos recibido la reconciliaci\u00f3n\u201d (Rm 5, 11). Es la misma idea que desarrolla San Juan mediante la alegor\u00eda de la vid: \u201cSin m\u00ed nada pod\u00e9is hacer\u201d (Jn 15, 5).<\/p>\n\n\n\n<p>c) San Pablo se\u00f1ala una segunda caracter\u00edstica de la reconciliaci\u00f3n. Y es que, siendo una nueva relaci\u00f3n personal con Dios, no se mantiene, sin embargo, en la esfera de lo exterior al hombre, sino que consiste en una trasformaci\u00f3n interior que lo convierte en una nueva criatura: \u201cDe suerte que el que es de Cristo se ha hecho una nueva criatura, y lo viejo pas\u00f3; se ha hecho nuevo. Mas todo esto viene de Dios que, por Cristo, nos ha reconciliado consigo\u201d (2Cor 5, 17-18).<\/p>\n\n\n\n<p>No es s\u00f3lo que ha cambiado la actitud espiritual del hombre para con Dios. Es que ha cambiado todo el ser del hombre y se ha insertado de alguna manera en la misma vida de Dios, y \u201creconciliados, seremos salvos en su vida\u201d (Rm 5, 10). Ha cambiado el mismo ser del hombre, hasta el punto de que el amor de Dios ha pasado a ser un constitutivo de su vida, ya que \u201cel amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones\u201d (Rm 5 ,5). De ah\u00ed que el reconciliado \u201cya no es enemigo, no es imp\u00edo, no es d\u00e9bil, no es pecador\u201d (Rm 5, 6-8).<\/p>\n\n\n\n<p>El amor de Dios es una realidad viva y activa en los reconciliados, mientras que los que no lo son, viven encerrados en s\u00ed mismos, con un horizonte que no va m\u00e1s all\u00e1 de las exigencias de la carne. Y esta mutaci\u00f3n, que podr\u00eda tambi\u00e9n llamarse conversi\u00f3n, se ha operado por obra del Esp\u00edritu: \u201cLos que viven seg\u00fan la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no viv\u00eds seg\u00fan la carne, sino seg\u00fan el Esp\u00edritu; si es que de verdad el Esp\u00edritu de Dios habita en vosotros\u201d (Rm 8, 8-9).<\/p>\n\n\n\n<p>Permanece, sin duda, el hombre antiguo junto al nuevo; pero su modo de ser es completamente diferente, porque su coraz\u00f3n es nuevo, repleto como est\u00e1 por el amor de Dios que ha derramado en \u00e9l el Esp\u00edritu Santo. De ah\u00ed que necesariamente tenga que ser nuevo su modo de obrar. Una vez m\u00e1s hay que aplicar a esta realidad sobrenatural inefable aquel adagio de la filosof\u00eda perenne, de que el modo de obrar es consecuencia del modo de ser.<\/p>\n\n\n\n<p>San Pablo insiste de diversos modos en esta idea. Nosotros hemos sido reconciliados en la muerte de Cristo (Rm 5, 10), y por esta muerte ha perdonado Dios nuestros pecados: \u201cDios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo y no imput\u00e1ndole sus delitos&#8230; A quien no conoci\u00f3 pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que en \u00e9l fu\u00e9ramos justicia de Dios\u201d (2Cor 5, 19-21). La muerte de Cristo es evidentemente la causa de nuestra reconciliaci\u00f3n; pero esa reconciliaci\u00f3n no es un mero perd\u00f3n de los pecados, sino una transformaci\u00f3n interior de todo el ser. Porque Cristo muri\u00f3 para que los que viven ya no vivan para s\u00ed, sino para aquel que por ellos muri\u00f3 y resucit\u00f3; y se consideren muertos al pecado y resucitados como nuevas creaturas. La reconciliaci\u00f3n supera nuestro ego\u00edsmo pecaminoso, porque nos une a Dios, haci\u00e9ndonos vivir por Cristo.<\/p>\n\n\n\n<p>d) Notemos, por \u00faltimo, que la reconciliaci\u00f3n se opera mediante la muerte de Cristo: \u201cFuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo\u201d (Rm 5, 10), o \u201cpor la sangre de Cristo\u201d, como ha dicho San Pablo inmediatamente antes. Es decir, que la reconciliaci\u00f3n no puede mirarse as\u00e9pticamente, como si fuera tan s\u00f3lo un don gratuito, un acto de gracia o una manifestaci\u00f3n del infinito amor de Dios. Este amor tiene una vertiente mucho m\u00e1s profunda, por ser m\u00e1s tr\u00e1gica. Porque tiene a la vez car\u00e1cter de expiaci\u00f3n por nuestros pecados que, en Cristo, el Hijo sin pecado, quedaron castigados: \u201cA quien no conoci\u00f3 pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que en \u00e9l fu\u00e9ramos justicia de Dios\u201d (2Cor 5, 21). Nuestra reconciliaci\u00f3n, a la vez que era manifestaci\u00f3n del infinito amor de Dios, era tambi\u00e9n manifestaci\u00f3n de su infinita justicia que, en Cristo, hecho pecado por nosotros, acept\u00f3 la expiaci\u00f3n merecida por nuestras culpas.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero con una particularidad: que la parte que pudi\u00e9ramos llamar constructiva, como era el amor y el don de Dios, superaba con mucho a la parte destructiva de la expiaci\u00f3n, como era la eliminaci\u00f3n del pecado por el perd\u00f3n. Una vez m\u00e1s aparece aqu\u00ed la gracia y el amor de Dios rebasando las pobres y mediocres perspectivas humanas: \u201cDonde abund\u00f3 el delito, sobreabund\u00f3 el amor\u201d (Rm 5, 20).<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\">La conversi\u00f3n o penitencia<\/h2>\n\n\n\n<p>El concepto de conversi\u00f3n o penitencia <em>(metanoia)<\/em> tiene bastantes aspectos comunes con el concepto de reconciliaci\u00f3n que hemos desarrollado. Pero resalta algunos elementos que no se pueden pasar por alto.<\/p>\n\n\n\n<p>a) Uno de ellos es el elemento humano. En efecto, si se consideran aisladamente los textos paulinos de que nos hemos servido anteriormente, podr\u00eda pensarse que la reconciliaci\u00f3n es obra de Dios solo (ya que la iniciativa parte de Dios), y que el hombre la recibe pasivamente, sin tener que hacer otra cosa sino recibir el don de Dios: \u201chemos sido reconciliados\u201d, hemos \u201csido justificados\u201d, \u201chemos recibido la reconciliaci\u00f3n\u201d, etc.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, el mismo Pablo subraya, en los pasajes en los que trata de la reconciliaci\u00f3n, que Dios no nos impone su iniciativa salv\u00edfica, sino que respeta del modo m\u00e1s absoluto nuestra personalidad activa y libre. Prueba de ello es que Dios mismo ruega, por medio de sus Ap\u00f3stoles, que aceptemos libremente su ofrecimiento: \u201cSomos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios os exhortase por medio de nosotros. Por Cristo os rogamos: Reconciliaos con Dios\u201d (2Cor 5, 20).<\/p>\n\n\n\n<p>Hay, pues, que excluir absolutamente que San Pablo atribuya al hombre una participaci\u00f3n meramente pasiva en el proceso de reconciliaci\u00f3n. Porque, incluso ante el hecho de la reconciliaci\u00f3n, el hombre sigue siendo una persona; y solamente en cuanto persona, es decir, criatura libre y activa, es capaz de una reconciliaci\u00f3n con Dios. Este aspecto de la colaboraci\u00f3n libre del hombre y de la aceptaci\u00f3n personal del don de Dios, queda resaltado en el concepto de conversi\u00f3n o penitencia.<\/p>\n\n\n\n<p>En efecto, el primer anuncio contenido en el mensaje de Jes\u00fas es una exhortaci\u00f3n a la penitencia, a la conversi\u00f3n. Es una llamada apremiante de Jes\u00fas a cambiar de mente (metanoia-conversi\u00f3n), que requiere una aceptaci\u00f3n libre, una colaboraci\u00f3n por parte del hombre: \u201cVino Jes\u00fas a Galilea predicando el Evangelio de Dios y diciendo: el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios se ha acercado; convert\u00edos y creed en el Evangelio\u201d (Mc 1, 15; cf. Mt 4, 17).<\/p>\n\n\n\n<p>Esta invitaci\u00f3n apremiante a la penitencia deber\u00e1 continuarse siempre en el mundo, mediante la predicaci\u00f3n apost\u00f3lica; fue el encargo que el Resucitado confi\u00f3 a los Ap\u00f3stoles: \u201cY les dijo que as\u00ed estaba escrito que el Mes\u00edas padeciese y al tercer d\u00eda resucitase de entre los muertos y que se predicase en su nombre la penitencia para el perd\u00f3n de los pecados\u201d (Lc 24, 46-47). No es de extra\u00f1ar que los Ap\u00f3stoles comenzaran su ministerio con el anuncio y la invitaci\u00f3n a la conversi\u00f3n y penitencia: \u201cConvert\u00edos en el nombre de Jesucristo para la remisi\u00f3n de vuestros pecados\u201d (Hch 2, 38. Cf. 3, 19; 5, 31; 11, 18; 17, 30; 20, 21; 26, 20).<\/p>\n\n\n\n<p>b) La conversi\u00f3n o penitencia que proclama el mensaje evang\u00e9lico es una exigencia absoluta, derivada de la realidad definitiva del Reino de Dios escatol\u00f3gico, presente ya en la persona y en la obra de Jes\u00fas. No es un cambio cualquiera de mentalidad <em>(metanoia),<\/em> no es un mero apartarse de la senda del pecado. Tampoco son los gestos penitenciales que tanto valor ten\u00edan en las tradiciones judaicas, como el llanto, el luto, la ceniza, el cilicio, a los cuales hace Jes\u00fas alusi\u00f3n en determinadas ocasiones (cf. Mt 11, 21; Lc 10, 13). Se trata de la revelaci\u00f3n \u00faltima y decisiva de la presencia del Reino de Dios, que requiere una decisi\u00f3n tambi\u00e9n definitiva e incondicionada de parte del hombre; una conversi\u00f3n radical, un cambio esencial, una vuelta a Dios en completa y perfecta obediencia a su voluntad: \u201cEl tiempo se ha cumplido, convert\u00edos y creed en el evangelio\u201d (Mc 1, 15). Por eso, la penitencia-conversi\u00f3n es el art\u00edculo fundamental para la iniciaci\u00f3n en la vida cristiana. As\u00ed lo vio el autor de la carta a los Hebreos, que expresamente lo afirma (Hb 6, 1), y lo vieron los Ap\u00f3stoles, como San Pedro en su primer discurso, que une la penitencia-conversi\u00f3n con el bautismo (cfr. Hch 2, 38), que la refrenda definitivamente.<\/p>\n\n\n\n<p>c) Este cambio radical, esta conversi\u00f3n abarca al hombre entero, es decir, al centro de la vida personal y de la voluntad; pero, l\u00f3gicamente, tambi\u00e9n al contenido de esa vida, o sea, a los pensamientos, palabras y obras, en cada circunstancia y en todas las situaciones. Porque, como ense\u00f1aba el mismo Jes\u00fas, \u201csi plant\u00e1is un \u00e1rbol bueno, su fruto ser\u00e1 bueno; si plant\u00e1is un \u00e1rbol malo, su fruto ser\u00e1 malo. Porque el \u00e1rbol se conoce por sus frutos\u201d (Mt 12, 33). Dicho de otra manera, y usando tambi\u00e9n una expresi\u00f3n del mismo Jes\u00fas: abarca y requiere la conversi\u00f3n del coraz\u00f3n y, como consecuencia, todo el contenido de la vida. Porque \u201cdel coraz\u00f3n provienen los malos pensamientos, los homicidios, los robos, los adulterios, las fornicaciones, los falsos testimonios, las blasfemias. Esto es lo que hace impuro al hombre\u201d (Mt 15, 19-20).<\/p>\n\n\n\n<p>En este sentido, podr\u00edamos decir que, todo el mensaje de Jes\u00fas, referido a las exigencias categ\u00f3ricas del amor al Reino de los cielos, es una predicaci\u00f3n, una exhortaci\u00f3n a la conversi\u00f3n del coraz\u00f3n, a la vuelta incondicional a Dios y al abandono de todo aquello que es contrario a la voluntad de Dios. Y esto, aun cuando no use expresamente la palabra penitencia o conversi\u00f3n, como sucede, por ejemplo, en el serm\u00f3n de la Monta\u00f1a o en las ense\u00f1anzas para aquellos que quieran seguir en pos de Jes\u00fas.<\/p>\n\n\n\n<p>d) Hemos de a\u00f1adir un elemento muy importante de la penitencia o conversi\u00f3n que, m\u00e1s que una consecuencia, pertenece a su misma esencia: la fe. La fe constituye lo que pudi\u00e9ramos llamar el aspecto positivo de la conversi\u00f3n: \u201cConvert\u00edos y creed en el Evangelio\u201d (Mc 1, 15).<\/p>\n\n\n\n<p>Es evidente que para Marcos son sin\u00f3nimos creer en el Evangelio y creer en Cristo. Esto es lo que pretende descubrirnos el segundo evangelista en su obra: que Cristo es ese evangelio vivo en quien hemos de creer y al que debemos seguir.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora bien, creer en Cristo es lo mismo que fiarse de Cristo, aceptar a Cristo en nuestra vida, reconocer su soberan\u00eda; en una palabra: vivir la vida de Cristo, ver la realidad de las cosas con sus ojos, amar el mundo y las cosas con su propio coraz\u00f3n. De este modo, el justo vive de la fe (cf. Gal 3, 11; Hb 10, 38), porque la fe es una vida, una nueva vida, la vida del Hijo de Dios sobre la tierra que, aceptada por la fe, construye en el mundo la familia de los hijos adoptivos de Dios. Esto es tambi\u00e9n lo que San Juan pretende mostrarnos en el pr\u00f3logo de su evangelio, que es el compendio de su obra: \u201cLes dio poder de llegar a ser hijos de Dios a aquellos que creen en su nombre\u201d (Jn 1, 12).<\/p>\n\n\n\n<p>De nuevo nos encontramos con que la penitencia-conversi\u00f3n coincide, en aquello que tiene de m\u00e1s profundo y positivo, con la reconciliaci\u00f3n. Y ambas cosas, a su vez, constituyen la finalidad de toda la obra salv\u00edfica del Verbo de Dios hecho hombre: \u201cCuando lleg\u00f3 la plenitud de los tiempos, envi\u00f3 Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para que recibi\u00e9ramos la adopci\u00f3n de hijos\u201d (Gal 4, 4).<\/p>\n\n\n\n<p>e) Por lo que acabamos de decir se comprende la estrecha uni\u00f3n que existe entre la conversi\u00f3n-penitencia y el bautismo: \u201cArrepent\u00edos y bautizaos en el nombre de Jesucristo, para el perd\u00f3n de los pecados, y recibir\u00e9is el don del Esp\u00edritu Santo\u201d (Hch 2, 38). Es que el bautismo es la primera y fundamental conversi\u00f3n <em>(metanoia),<\/em> por la que el hombre renuncia a la vida del hombre viejo, el hombre de pecado, y se reviste de Cristo resucitado: \u201cPorque cuantos os hab\u00e9is bautizado en Cristo, os hab\u00e9is vestido de Cristo\u201d (Gal 3, 27). Y es tal la identificaci\u00f3n, que no teme San Pablo escribir unas palabras que parecer\u00edan exageradas, si no fueran, como lo son, la expresi\u00f3n m\u00e1s sencilla y ajustada de una sublime realidad: \u201cDios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos am\u00f3, y estando nosotros muertos por nuestros pecados, nos dio vida por Cristo&#8230; y nos resucit\u00f3 y nos sent\u00f3 en los cielos por Cristo Jes\u00fas, a fin de mostrar en los siglos venideros la excelsa riqueza de su gracia por su bondad hacia nosotros en Cristo Jes\u00fas\u201d (Ef 2, 4-7).<\/p>\n\n\n\n<p>f) El Bautismo es ciertamente el don fundamental de la conversi\u00f3n o penitencia. Pero el amor de Dios excede toda medida; y junto al bautismo ha querido dejar a su Iglesia todas las reservas de perd\u00f3n y de ternura que exceden con mucho, infinitamente, el tormento fundamental de los hombres que se alejan de la casa del Padre: \u201cUn segundo bautismo\u201d, llaman frecuentemente los Santos Padres al sacramento de la penitencia. Nada m\u00e1s tr\u00e1gico que la ingratitud del hijo; nada m\u00e1s estremecedor que la ternura del Padre. Nada m\u00e1s abominable que el pecado, porque el pecado no es la infracci\u00f3n de un c\u00f3digo o una regla, sino la infidelidad a un amor: \u201cContra ti s\u00f3lo pequ\u00e9\u201d, reza el salmo <em>Miserere<\/em>. Cristo recoge y amplifica la idea: \u201cPequ\u00e9 contra el cielo y contra ti\u201d (Lc 15, 18). El pecado es un mal trascendente; es semejante a la muerte (Col 2, 13; Ef 2, 5). Pero, una vez m\u00e1s \u201cdonde abund\u00f3 el delito, superabund\u00f3 el amor\u201d (Rm 5, 20). Y es el amor sustantivado el que Cristo da a sus Ap\u00f3stoles, para hacerlos ministros del perd\u00f3n y la indulgencia: \u201cComo el Padre me ha enviado, as\u00ed os env\u00edo yo a vosotros. Dicho esto, sopl\u00f3 sobre ellos y les dice: Recibid el Esp\u00edritu Santo. A quienes perdon\u00e9is los pecados, les ser\u00e1n perdonados\u201d (Jn 20, 21-23). Y es el cielo el que se alegra \u201cm\u00e1s por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversi\u00f3n\u201d (Lc 15, 7), \u201cporque este hijo m\u00edo estaba muerto y ha resucitado; estaba perdido y se ha encontrado\u201d. En este contexto parece que Cristo-Dios quiere trasladar su coraz\u00f3n de padre a los ap\u00f3stoles, cuando los hace embajadores suyos como ministros de reconciliaci\u00f3n: \u201cY puso en nuestras manos la palabra de reconciliaci\u00f3n. Somos, pues, embajadores de Cristo\u201d (2Cor 5, 18-20). El coraz\u00f3n de Dios, en el Coraz\u00f3n de Cristo; y \u00e9ste, en los ministros de la reconciliaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>No se puede decir m\u00e1s, ni se puede decir menos. Porque lo que da vida, calor, consistencia, verdad y firmeza a todos estos temas que hemos tratado tan brevemente, podr\u00eda resumirse en esa \u00faltima palabra: el Coraz\u00f3n de Dios y el Coraz\u00f3n de su Hijo-Jes\u00fas, trasladado a los ministros de reconciliaci\u00f3n en la Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\">A la luz del Sagrado Coraz\u00f3n de Jes\u00fas<\/h2>\n\n\n\n<p>La reconciliaci\u00f3n y la penitencia no son en realidad otra cosa sino el encuentro de dos corazones: el Coraz\u00f3n del hombre-Dios, roto en la cruz por la lanza del soldado, para restaurar el coraz\u00f3n del hombre, deshecho en el para\u00edso por la mortal herida del pecado.<\/p>\n\n\n\n<p>San Pablo nos lo ha dicho, con un lenguaje directo, en el cap\u00edtulo cinco de la carta a los romanos que hemos utilizado anteriormente: \u201cHemos sido reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo\u201d (Rm 5, 10), que \u201cde tal manera nos am\u00f3 que se entreg\u00f3 a la muerte por nosotros\u201d (Ef 5, 2; Gal 2, 20).<\/p>\n\n\n\n<p>Con esto nos bastar\u00eda para iluminar el camino recorrido con una luz nueva: la luz que brota del Coraz\u00f3n de Jes\u00fas; porque toda la obra de restauraci\u00f3n llevada a cabo por la sangre de la cruz (cfr. Ef 2, 13), fue una obra del amor infinito que anidaba en el Coraz\u00f3n del Hombre-Dios.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero San Juan va m\u00e1s adelante; y, con su t\u00edpico lenguaje que sabe ver en los signos la profunda realidad de las cosas, nos descubre expresamente que el Coraz\u00f3n herido de Jes\u00fas fue, en definitiva, el \u00faltimo responsable de la obra salv\u00edfica de reconciliaci\u00f3n y conversi\u00f3n de la humanidad a Dios.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya en el proemio, con el que abre la narraci\u00f3n de la pasi\u00f3n del Se\u00f1or, nos descubre el sentido de la muerte de Cristo: Jes\u00fas, \u201chabiendo amado a los suyos, los am\u00f3 hasta el fin\u201d (Jn 13, 1). Es decir, no s\u00f3lo hasta el \u00faltimo momento de su vida, sino hasta las \u00faltimas consecuencias. Toda la obra de Jes\u00fas fue la manifestaci\u00f3n, la puesta en pr\u00e1ctica de un amor infinito. En realidad, todo el cuarto evangelio est\u00e1 construido sobre la base de la revelaci\u00f3n de ese amor, y de la fe del cristiano como respuesta a ese amor: \u201cTanto am\u00f3 Dios al mundo, que le dio a su Hijo Unig\u00e9nito, para que todo el que crea en \u00e9l no perezca, sino que tenga la vida eterna\u201d (Jn 3, 16).<\/p>\n\n\n\n<p>Pero ese amor va a quedar plasmado y simbolizado en el Coraz\u00f3n herido de Jes\u00fas, como \u00faltimo responsable de la salvaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>En efecto, San Juan da una importancia muy grande al hecho de la herida del Costado y al subsiguiente fluir de sangre y agua. Quiz\u00e1s no haya en todo el evangelio de Juan ning\u00fan otro pasaje subrayado con tanta decisi\u00f3n: \u201cLo atestigua el que lo vio; y su testimonio es v\u00e1lido; \u00e9l sabe que dice la verdad\u201d (Jn 19, 35). Es curioso que Juan insiste en que \u00e9l vio todo esto; y que lo comunica a sus lectores para que crean. Porque, en el lenguaje de San Juan, ver <em>(orao)<\/em> no es un simple mirar, sino un penetrar en lo profundo de una realidad que se descubre y se revela: \u201cHabiendo visto a Jes\u00fas, dijo: He aqu\u00ed el Cordero de Dios\u201d (Jn 1, 36). Juan ha visto c\u00f3mo, despu\u00e9s de muerto, se ha abierto el Costado de Jes\u00fas y ha brotado de \u00e9l sangre y agua. Evidentemente, como muy bien explica P\u00edo XII, cuando se habla del Costado, se habla del Coraz\u00f3n: \u201cLo que aqu\u00ed se describe acerca del Costado de Cristo, herido y abierto por el soldado, ha de decirse tambi\u00e9n de su coraz\u00f3n que ciertamente alcanz\u00f3 la lanza con su golpe, como quiera que el soldado agit\u00f3 la lanza precisamente para que constase con certeza la muerte de Jesucristo\u201d (AAS 48 [1956] 334).<\/p>\n\n\n\n<p>Juan vio este profundo misterio de amor que se manifiesta en el Coraz\u00f3n de Jes\u00fas, y recuerda la profec\u00eda de Zacar\u00edas: \u201cMirar\u00e1n al que traspasaron\u201d (Zac 12, 10), para que no s\u00f3lo miren, sino que vean y descubran el profundo misterio de amor que ha sido el motor de nuestra salvaci\u00f3n, crean en el amor y creyendo se salven.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Art\u00edculo publicado en la revista Tierra nueva, 51 (1984), pp.77-84. El tema presente es extremadamente amplio; pero, sin duda, de gran actualidad. Es amplio, ciertamente, porque abarca los puntos m\u00e1s vitales e \u00edntimos de la misi\u00f3n de Cristo, y, por consiguiente, toca lo m\u00e1s profundo de la existencia cristiana. La reconciliaci\u00f3n, en efecto, es aquello [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","template":"","meta":{"saved_in_kubio":false,"_eb_attr":"","ngg_post_thumbnail":0,"footnotes":""},"doc_category":[38],"doc_tag":[],"class_list":["post-1292","docs","type-docs","status-publish","hentry","doc_category-el-corazon-de-cristo"],"year_month":"2026-05","word_count":4818,"total_views":0,"reactions":{"happy":0,"normal":0,"sad":0},"author_info":{"name":"P. 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